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Archive for the ‘Deporte’ Category

María Lorena Ramírez, de 22 años, participó hace unas semanas en la carrera UltraTrail Cerro Rojo, celebrada en la localidad mejicana de Puebla, recorriendo una distancia de 50 kilómetros en siete horas. Ganó la carrera en la modalidad femenina y eso la ha convertido en noticia porque lo hizo sin ninguna preparación física especial, en cholas, con falda y llevando solo una botella de agua como sustento.

Su participación en esta maratón habría pasado totalmente desapercibida de no haber quedado la primera, quitando todo el mérito al hecho de que solo haber terminado, aunque fuera la última, en esas condiciones, ya habría sido una proeza grandiosa. Ni nos habríamos enterado aquí donde, por lo general, los corredores afrontan las múltiples pruebas que se celebran con todo tipo de equipamientos, preparación previa y accesorios.

En los medios de comunicación que publican la noticia explican que ella proviene de la comunidad indígena rarámuri (tarahumara), a los que se conoce por ser los mejores corredores de Méjico, y que su familia está habituada a correr largas distancias. El padre, también corredor, dice que lo hace con la motivación de “ganar”, “de no perder” y “de no tener hambre”.

María Lorena no es corredora profesional, ya se lo habrán imaginado. Se dedica a cuidar el ganado y camina a diario entre 10 y 15 kilómetros. Para poder participar en la carrera tuvo que pasar por dos días de viaje y varias horas en coche. Luego llegó y ganó.

En las fotos aparece con cara seria, como si aquello no fuera para estar dando la vuelta carnera. Supongo que se habrá alegrado de haber quedado primera, o quizás para ella no era lo más importante. La verdad es que me cuesta ponerme en su lugar, sobre todo, porque carezco de esa voluntad que te lleva a correr durante siete horas en las circunstancias en las que ella lo ha hecho.

Me habría gustado muchísimo entrevistarla, saber qué piensa de todo esto, conocer más sobre su vida, sus aspiraciones a sus 22 años, sus motivos, qué la limita y qué la impulsa, pero para mi desgracia será una de tantas entrevistas soñadas y nunca realizadas a gente con tanto interesante que contar.

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Tengo la suerte de no estar rodeada de padres semejantes a los que el otro día dieron un vergonzoso espectáculo en el campo de fútbol en el que jugaban sus hijos en Palma de Mallorca, o el que protagonizaron poco antes otros energúmenos parecidos en Gran Canaria. Me consta que no es la tónica general. De hecho conozco a no pocos progenitores de niños que practican fútbol u otros deportes que tratan, por todos los medios, de inculcar a sus hijos los valores que se suponen en cualquier juego de este tipo, máxime si es un deporte de equipo: respeto, compañerismo, justicia…

Pero lamentablemente este tipo de situaciones bochornosas se repiten con demasiada frecuencia en muchos campos de fútbol a los que los niños debieran ir a pasar un rato agradable, a practicar deporte, a estar con sus amigos y, por encima de todo, a disfrutar, no a convertirse en el objeto de las iras de padres frustrados que pretenden que sus hijos sean Messi, Cristiano Ronaldo o cualquier otro astro del fútbol.

No puedo evitar ponerme en el lugar del niño o joven que presencia como su padre la emprende a puñetazos y patadas con otro por un partido, en la vergüenza que debe pasar, en lo que debe costarle volver, en el caso de que vuelva, a reunirse con sus compañeros sin pasar un mal rato. Y todo porque unos descerebrados no son capaces de ver el daño que su conducta genera a sus hijos, que cuando crezcan tienen muchas papeletas para convertirse en violentos jugadores o aficionados. Para eso, como bien dice Aarón Gómez y compañía en este vídeo, si eres de esos padres: deja al pibe, hombre.

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Hace unas semanas tuve la oportunidad de esquiar por primera vez, así que sin más procedo a relatar ese primer contacto con la nieve a gran escala, porque después de los visto, lo que cae en Tenerife es como la que se forma en el congelador cuando lo dejas abierto.

Grosso modo, en el tan noble como pijotero deporte del esquí hay tres formas de disminuir la velocidad, a saber, haciendo la cuña, dando giros o cayéndote, que es la que más puse en práctica en estos cuatro días en Los Pirineos. Hay otro aspecto fundamental en el esquí que se repite constantemente y es que tus amigos sean unos godos cabrones y daltónicos que confunden el color de las pistas azules con el rojo y a veces con el negro.

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Cerler es una de las estaciones de esquí del pirineo aragonés, una realmente bonita, además. Al comienzo de la misma se coge el telesilla, que te deja en una colina desde la que has de descender unos 200 metros por una pista inclinada como si fueras a un guachinche en La Corujera hasta llegar a Cota 2000, una suerte de campo base desde donde a su vez parten el resto de telesillas hacia las diferentes cumbres.

En cualquier aspecto de la vida, cuando uno es novato lo razonable es comenzar poco a poco y, a poder ser, con unas nociones básicas. Pero cuando uno es novato y va a esquiar con dos ceporros como Carlos y Emilio, para quienes los esquíes son prolongaciones de sus piernas, la cosa se pone peluda.

Así que lo lógico es que pasara lo que pasó.

Todos al unísono: “Tú haz la cuña y tírate”. “¿Y ya está?”. “Y ya está”.

El esquí tiene que ser de gilipollas porque esto lo hago yo con la punta del naipe”, pensé, y me lancé colina abajo con la inconsciencia de un niño de 10 años. Yo no lo sabía, pero las leyes del esquí dictan que si echas el cuerpo hacia atrás, aumentas la velocidad; y si te inclinas hacia adelante y reposas el peso sobre las botas, tienes mayor control sobre los esquíes y te permite disminuir la velocidad. Pero por mucho que te aconsejen, el instinto te dice: “échate para atrás, que es mejor caer de culito que de pechito”. Y no.

Así que yo, henchido de chulería, todo para atrás y cuñita. Aquello se empezó a embalar cosa mala. Un par de manotazos al aire, la cuña que no servía para nada y para minimizar daños, me tiro al suelo con delicadeza. Emilio que me alcanza los bastones y los esquíes, me calzo y lo mismo: “Tú haz la cuña y tírate”. “¿Y ya está?”. “Y ya está”.

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¡Ea!. Tras 20 metros recorridos, tres cuartos de lo mismo, al suelo con la elegancia de Cristiano intentando la ruleta de Zidane. En lo alto de la colina, risitas. “¡Oye!, para mí que la cuña esta no frena, eh…”. “La cuña, tú haz la cuña…”

Tercer intento ya a escasos cien metros de la cafetería de Cota 2000. Mismo resultado y primeras sospechas de que frenar solo con la cuña es como afeitarte sin espuma, se puede, pero acabas hecho un cristo.

Así que cuarto y último intento. Me lanzo pista abajo, hago la cuña de los cojones, recto hacia la cafetería, velocidad, más velocidad, súper velocidad, adelanto a Superman, quita Halcón Milenario que vas pisando huevos, descontrol total, MayDay, puta cuña por qué no frenas, la pared a 10 metros de mí, godos hijueputas, los esquíes que se cruzan, se clavan en la nieve y como si hubiera visto el oro de Moscú delante de mí, aterrizo con toda la cara, los bastones sobre la cabeza, el culo mirándome a los ojos, pierna derecha hacia la izquierda y viceversa. El pencazo padre, primer premio en Humor Amarillo, el hombro a tomar por saco (Ley de Murphy), la boca llena de nieve, el culo lleno de nieve, las verijas llenas de nieve…nieve por todas partes.

Carcajadas en la colina.

Moraleja: Si van a esquiar, no se fíen de sus amigos, con la cuña solo no se frena, hay que hacer más cosas: ¡pagarse un monitor!

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En uno de los tantos veranos que durante mi infancia pasé en Lanzarote, mi abuelo Falo -siempre he llamado a mis abuelos por su nombre- me regaló un equipaje del Real Madrid con el siete del ‘Buitre’ a la espalda. Debía de ser muy joven porque aun no me había decantado por ningún equipo, como tampoco había besado chica alguna. Dada la autoridad, acepté las cosas como venían y empecé a darle patadas a un balón.

Cuando volví a Tenerife, mi padre corrigió la situación. Nunca más vi esa camiseta y se me inició en el ‘Cruyffismo’, que fue a su época lo que el gin tonic a la nuestra, cosas de modernos. En España, si elegir el Barcelona como opción vital es arriesgado ahora, imagínense recién iniciados los 90, que aun no existía twitter y el ‘Dream Team’ no había cuajado todavía. Porque, queridos amigos y amigas, el Barcelona es a España lo que el Espanyol a Cataluña, una anomalía, un ejército de infieles dispuestos a derrocar al régimen establecido, la aldea de Astérix y Obélix en la Galia invadida por Roma, un grano en el culo, vamos.

Ser del Barcelona en España es complicado porque el credo nacional viene pautado por Madrid. En este país, el estado de opinión, el discurso oficial, se construye en la capital; y ya sabemos lo difícil que es remar a contracorriente. Habrían faltado manos para aplaudir y voces para loar si estos años dorados del Barça de Messi los hubiera tenido el Madrid. Pero ocurre que los ha protagonizado el Barcelona y lo que toca es desacreditar, restar méritos y ensalzar lo blanco. ¡Villarato!, y viva España blanca.

Y a mí me enferma lo blanco. Lo blanco es el PP, los domingos de misa, los toros, las licitaciones de ACS, Eduardo Inda y el ABC. El Madrid es un Maquiavelo mesetario y el Barcelona el ‘art for art’s sake‘ victorioso; el Madrid es una publicación del BOC y el Barcelona los versos de Lorca.

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En un país sin ataduras, el palco del Bernabeu estaría plagado de micros, y sin embargo es una extensión del Consejo de Ministros. En un país serio, a los jugadores del Madrid se les habría aplicado la misma vara de medir que a los culés a la hora de juzgar sus asuntos con Hacienda, y sin embargo tenemos que ver a la que fuera abogada del estado encargada de encausar a Messi y Neymar sentada justo detrás de Florentino en ese mismo palco. Coño, la mujer del César, además de serlo, ha de parecerlo.

Todo esto, que para mucha gente es una memez -y que tiene todos los visos de serlo-, a mí me indigna sobremanera. Me gustaría, me encantaría, que todo esto me resbalara pero es de las pocas cosas que me supera.

Australia tenía muchas cosas buenas, la mejor de ellas, quizás, que cuando el madridismo adoctrinaba urbi et orbi, yo dormía; y tan feliz.

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Me dijo: “tú tranquilo, hazlo lo mejor que puedas, y si te ves agobiado no te preocupes que yo me acerco a ayudarte”. No busquen interpretaciones trascendentales, hablábamos de un partido de fútbol sala. Y quien me lo dijo era mi compañero en el cierre del equipo. Jugábamos el Trofeo Rector de la Universidad, contra un equipo de Medicina. El nuestro estaba formado por estudiantes de muchas titulaciones, yo creo que éramos el menos universitario de todos los conjuntos, y el menos oficial de todas las escuadras. Nos reíamos mucho, compartíamos amistad vieja y sincera. Algunos habían sido futbolistas, otros ni siquiera éramos deportistas.

Me dijo: “da igual, lo importante es compartir este rato, lo haces mejor o peor; lo divertido es hacerlo juntos y ya“. Él ni se acordará de estas palabras, pero a mi, casi ocho años mayor, me sirvieron como un aliciente, un aprendizaje, para salir allí, colocarme en el centro de la cancha y dar todo de mi, todo lo que supe o pude. Si fallaba, si la cagaba (podía darse con mucha seguridad esta situación) él estaría allí para ayudarme.

No recuerdo si ganamos o si perdimos aquel día. Ni siquiera si jugué cinco, diez o veinte minutos. Solo recuerdo que aquel amigo me dio esa lección de vida: estaré aquí para ayudarte, y con ella una confianza ciega en mi mismo. Saber que él estaría ahí al lado me hizo mucho más fuerte.

Han pasado ya casi 17 años de eso. La Esclerosis Múltiple llegó a su vida, callada, traicionera y vil, y se coló por sus rendijas, empezó a hacer estragos en su día a día. Pero él no se para, no se rinde, no deja de sonreír, y lo más importante, no deja de ayudar. Como me dijo aquel día, “estaré aquí para ayudar”, y eso está haciendo. Y me gusta pensar que parte de su fortaleza radica en que es consciente que muchas personas estamos aquí, a su lado.

Yo quiero estar aquí, ayudarlo a él y a los que están como él, porque le debo esa ayuda, y esa sonrisa. Porque #rendirsenoesunaopción. Porque si compartimos el peso de los fardos que nos carga la puñetera vida, se hace más ligero el viaje, los obstáculos más llevaderos.

Marino, esta va por ti, te la debía. Este partido sí que lo vamos a ganar.

Si quieres echar un cable para actuar localmente y ayudar a personas con Esclerosis Múltiple puedes enviarme un correo a jleonciog@gmail.com o ponerte en contacto con la Asociación Pichón Trail Project. Puedes ayudar económicamente, corriendo, o de cualquier forma que se te pueda ocurrir.

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Reuben Nsemoh es un portero de fútbol estadounidense de 16 años que, tras una patada en la cabeza y el subsiguiente coma, despierta hablando un español fluido. Historión. Me gustaría ahondar en las múltiples posibilidades que los traumatismos craneoencefálicos ofrecen al sistema educativo ahora que (como siempre) está en horas bajas. Me querría incluso ofrecer voluntario a recibir una hostia bien dada en aras de aprender francés o sacarme de una santa vez el carnet de moto.

A lo mejor con un golpe en la cepa de la oreja así, con la mano abierta, como hacía Bud (en paz descanse), o una tollina bien administrada, inconsciencia mediante, empiezo a entender tantas y tantas cosas que ahora mismo me hacen ir por la vida con cara de pollaboba. Por ejemplo: el Euribor, la Bolsa, Joaquín Sabina, las rotondas, la salsa rosa, la Salsa, la felicidad, Maná, el honor, las rotondas, el orgullo, la teoría de cuerdas, los cordones de oro, la Semana Santa, el amor, la cocción de los garbanzos, las naciones, el café descafeinado, la leche con gofio, el funcionamiento del riñón, el caga tió, la droga que llevan las Pringles, el punto del embrague, la paz, la guerra, cuándo se pita mano en fútbol, los referéndums que están ganados y los que no, la vida, el Bitter Kas, el After Eight, el afterwork y los afterhours, la muerte y los que se alegran, la alegría, cuándo decir basta y pedir el cambio, las acelgas, las endivias, el paloselfi,  el críquet y el croquet, Cristiano Ronaldo, el Derecho laboral, los sueldos, yo.

Pero resulta que soy hipersensible al dolor. Un cagado, vamos. Y son muchas cosas, muchas trompadas. Bueno, eso y que no creo en las epifanías, las revelaciones, las iluminaciones, los libros de autoayuda. Yo todo lo que sé lo he aprendido poco a poco. Tan poco a poco que más que aprender me he ido dando cuenta. Por no dar no di ni el estirón. Mis compañeros de clase llegaban en septiembre al colegio como quien había pasado tres meses colgado de los pies y yo, a mis casi cuarenta, sigo esperando que algún año me llegue ese “verano mágico”. Como la caída del cabello, todo lo que me ha llegado lo ha hecho despacito, solo que con la calvicie finjo que no existe y con la sabiduría hago al revés.

¿Epifanías? Que no hombre, que no. La única epifanía en la que creo es la Epifanía de Reyes. Y este año ya sé qué es lo único que voy a poner en mi lista: unos guantes de portero.

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“El Ruben”, el portero antes conocido como Reuben Nsemoh, saliendo aún de su asombro (Foto: latintimes.com)

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Rama V @ Flickr.com (CC BY 2.0)

Rama V @ Flickr.com (CC BY 2.0)

Han pasado más de treinta años de la escena, pero la recuerdo bien. Yo jugando a la pelota en el patio de la casa de mis abuelos y mi tío clavado en la puerta de la cocina, mirándome con cara de pícaro.

Bueno. ¿Y tú de qué equipo quieres ser, del Madrid o del Barcelona?

Consciente (todo lo que uno puede serlo a los seis años) de que era una pregunta trampa, me tomé unos segundos para responderla. Y, sin saber muy bien el motivo, largué:

Del Barcelona.
¿Seguro? Mira que tu padre es del Madrid y yo también.
Pues yo del Barcelona.

Y así, mitad por azar y mitad por tozudez, quedó sellada mi afición. Y en parte también mi desgracia, porque en mis primeros quince años de vida sólo les vi ganar una Liga. Derramé muchas lágrimas en aquella oscura etapa pre-Cruyff.

Recuerdo por ejemplo, que en las repeticiones a cámara lenta de “Estudio Estadio”, rezaba lo indecible para cambiar el sentido de la jugada. Si era un gol en contra, pedía que el balón se marchara a córner. Y lo contrario si era una ocasión de los nuestros.

Justo cuando empezaron a llegar los éxitos, se me empezó a marchar el entusiasmo. Y lo hizo a tal velocidad que hoy detesto el fútbol con todas mis fuerzas.

Si volviera a nacer, probablemente sería igual de tozudo. Y en mi cerebro seguiría pesando, a mi pesar, más el hemisferio izquierdo que el derecho. Para mis amigos, seguiría siendo el sensato. Para mis enemigos, el frío. No dan los genes para otra cosa.

Tomaría, sin embargo, una única decisión irracional: despreciaría a la historia y al sentido común y me haría del Atleti. Mis lágrimas infantiles se hubieran multiplicado, eso seguro. Pero mis alegrías habrían sido también más sentidas. Más sabrosas. Mejores.

Ahora lo sé.

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