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Archive for the ‘Cine’ Category

Comanchería es una de esas películas diferentes que buscan presupuesto fuera de los circuitos habituales de Hollywood y que, por tanto, no suele conseguir mucho reconocimiento en los premios oficiales. Dirigido por David Mckenzie y protagonizado por dos hermanos de vida azarosa, interpretados por Chris Pine y Ben Foster, y por un ranger a punto de jubilarse, este largometraje es un western aplicado a la actualidad, con sus forajidos, su sheriff y sus indios. Y un enemigo común: los bancos.

Cartel oficial de Comanchería, que consiguió una nominación a la Mejor Película en la última edición de los Oscar.

Eso es lo que significa Comanchería, “enemigo de todos”. Quizás a un estadounidense no le guste mucho el habitante medio que puebla los núcleos rurales que protagonizan la película o puede que sea al contrario, no en vano esta es la América que Trump llamó a las urnas y resultó más numerosa de lo que el resto del mundo pensaba. Tal vez el Estados Unidos de hoy se parezca más de lo que quiere al Lejano Oeste.

 

 

También el cine español tuvo su propia venganza a los bancos y su actuación durante esta crisis económica, con El Desconocido, película protagonizada por Luis Tosar y Javier Gutiérrez, que, más allá de la acción, profundizaba en el drama social de los embargos y la pérdida de hogares, pero también en el papel que han jugado en este proceso los propios trabajadores y consejeros de administración de los bancos. Son dos visiones desde dos culturas económicas y sociales diferentes pero, tal como dirían los comanches, con un punto en común: ese “enemigo de todos”, un sistema que los propios ciudadanos, muchos de ellos víctimas de la crisis y la falta de trabajo, han tenido que rescatar, y cuya paciencia se acaba.

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Uno de los tópicos que envuelven los Premios Goya es denominar la gala de entrega como “la gran fiesta del cine español”. En realidad no lo es, es una reunión de nominados que aguantan el tipo los segundos que tarda el anuncio del ganador y luego intentan ocultar sus emociones si no ganan, mientras sonríen y aplauden al galardonados. Con alguna reivindicación social o crítica política por medio, las galas suelen ser tediosas, lo que resulta bastante contrario al concepto de fiesta.

En cambio, la gran fiesta del cine español ha abarcado el año 2016 con unas producciones cinematográficas de gran calidad que han ofrecido, ¡por fin!, una alternativa real a los largometrajes estadounidenses que lideran las listas de venta de entradas. Tres películas inteligentes son prueba de ello, tres thriller que, además, nos han colocado en un nuevo género cinematográfico, más allá del terror, en el que España ya posee nombres y películas reconocidas en el ámbito internacional, y de la comedia de enredo erótica festiva que suele quedarse sólo en las taquillas de nuestro territorio.

El hombre de las mil caras, dirigida por Alberto Rodríguez, recoge parte de nuestra historia cercana para narrar, con elementos propios del thriller, uno de los episodios de espías y corrupción más lamentables de nuestra historia, la detención de Luis Roldán. Una tarde para la ira, que obtuvo cuatro Premios Goya 2017, entre ellos Mejor Película y Mejor Director Novel para el actor Raúl Arévalo, narra una historia negra, descarnada, que nos enfrenta a un submundo que pensamos no existe en nuestra sociedad. Por último, Que Dios nos perdone, dirigido por Rodrigo Sorogoyen, es quizás el thriller más redondo de las tres propuestas, con un guión que ahonda en la maldad del ser humano y en las efectos devastadores del maltrato en la relación madre hijo en la construcción de la personalidad.. Con estas tres grandes películas, el cine español sí está de fiesta. Y aunque para algunos, su maestro de ceremonias podría ser Antonio de la Torre (protagonista de Una tarde para la ira y de Que Dios nos perdone), muchos queremos que este actor afronte un guión con mayor diálogo y que requiera otra expresión diferente a la del silencioso atormentado.

 

 

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Me gustan las historias sobre hombres o mujeres de pasado oscuro, condenados por la sociedad y por su misma conciencia a convertirse en parias.

Me gustan las historias crepusculares; de hombres y mujeres en la senectud, que miran hacia atrás con nostalgia y hacia adelante con miedo, con la muerte siempre presente como una losa sobre su cabeza.

Me gustan las historias sobre la violencia: violencia como único recurso para la supervivencia, como venganza o como única forma de buscar e impartir justicia por parte personajes que no saben actuar de otra forma.

Me gustan las historias sobre la amistad entre dos hombres que a priori no deberían ser amigos, pero no se tienen más que el uno al otro y se reconocen como iguales.

Me gustan las historias que hablan de una paternidad (biológica o no) no deseada ni buscada, pero asumida por la necesidad o las circunstancias.

Me gustan las historias en las que un niño o niña aprende lo que significa vivir a través de los golpes que le da una vida dura e injusta.

Me gustan las road-movies: historias de viajes por carreteras que en realidad son viajes a través del tiempo y de uno mismo.

Me gustan las historias sobre desarraigados sin patria, que convierten en hogar cualquier lugar en el que puedan disfrutar de una buena cena en compañía y descansar sin miedo.

Me gustan las historias que relatan el fin de una época sabiendo que, cuando ésta acabe,  ya nada volverá a ser igual. Que todo va a cambiar y no necesariamente a mejor.

Por todo eso me gustan los westerns; y por todo eso me ha encantado Logan (James Mangold, 2016).

 

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En esta semana en el que hemos “celebrado” el Día de la Mujer Trabajadora (incluyo las comillas porque no me parece la palabra adecuada con tanta desigualdad en el mundo) es una buena oportunidad para visionar el largometraje, nominado al Oscar a la Mejor Película, Figuras Ocultas, para descubrir a tres científicas afroamericanas que trabajaron en la NASA a comienzos de los años sesenta y a los que la historia ninguneó y, de paso, nos robó a muchas generaciones de mujeres la oportunidad de tenerlas como modelo de vida.  Estas tres mujeres de inteligencia incontestable no solo sufrieron el olvido y la falta de reconocimiento, hasta tener que esperar casi sesenta años a que el conocimiento de su trabajo se globalizara, sino que, en su momento, padecieron todas las trabas posibles, por ser mujeres y negras. A la inteligencia, estas mujeres sumaron dosis inagotables de valentía y tesón y pudieron así conseguir sus objetivos. Gracias por su lucha y por ofrecer su talento, cuando nadie parecía apreciarlo, a Katherine Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson. Sus talentos no estaban ocultos, fueron ocultados, que es algo muy distinto.

 

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Hoy se estrena en España Fences, la adaptación al cine de una exitosa obra de teatro estadounidense, que se estrenó en 1983 y cuya vuelta a los escenarios en 2010 mereció tres premios Tony. Su versión en la gran pantalla opta, en la Gala que dentro de dos días desvelará los ganadores de los Oscar, a cuatro galardones: Mejor Película, Mejor Guión Adaptado, Mejor Actor (Denzel Washington) y Mejor Actriz Secundaria (Viola Davis). La película es intensa, con unas grandes interpretaciones propias de la calidad de los actores de los que hablamos, pero Washington, que además dirige este largometraje, se decanta por una semejanza tal con la pieza original que no deja de parecer una obra de teatro filmada. Y ahí nos podemos plantear si de verdad era necesario llevarla al cine, cuando se puede disfrutar de ella con la cercanía que dan las tablas en directo. Denzel Washington interpreta a Troy Maxon, un basurero en la década de los cincuenta que pide que dejen a los negros conducir también los camiones y no sólo recoger la basura detrás. Si en la primera parte de la película este hombre parece un padre de familia recto, poco a poco se van arrojando pistas de que puede que no sea así. Se trata de una historia hermosa, que muestra la vida de tantos que luchan por ofrecer a los hijos lo que sus padres no les dieron, con la intensidad que los seres humanos, generación tras generación, somos capaces de vivir nuestras relaciones personales, pero con demasiado diálogo para el formato cinematográfico y el impacto audiovisual al que estamos ya acostumbrados. Demasiado teatro en Fences sin poder disfrutar de la belleza de las interpretaciones en directo sobre el escenario.

 

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Westworld es un parque de atracciones futurista en el que los robots han alcanzado la perfecta imitación del ser humano y permiten, en un ambiente de lejano oeste americano, que los adinerados den rienda suelta a sus instintos que, por norma general, suelen girar en torno al asesinato y el sexo. Esta serie de ficción, que se basa en una película de 1973 del mismo nombre y que escribió el autor de superventas Michael Chrichton, reflexiona sobre dos temas fundamentales de la filosofía humana: el descubrimiento de lo que somos y la libertad. En esa diatriba entre la tecnología y nuestra capacidad para dar vida a lo que en principio no la tiene, en ese juego a ser Dios con la prepotencia de pretender que no surjan errores, hay varias dudas de base. ¿Quiénes son en realidad los robots? ¿Los seres metálicos o nosotros, incapaces de vivir nuestras vidas como queremos? ¿Son sólo ellos los programados? ¿Quién es el creador y quién la obra? Y lo más difícil de contestar: ¿de verdad queremos ser libres? ¿sabemos dejar libres a los otros?

Puede que muchos digan que todo esto no es más que filosofía barata salida de un libro de autoayuda, pero la realidad es que Westworld fomenta la duda existencial, inmersa en un paquete de ciencia ficción bien decorado, con unos actores de que garantizan el disfrute, como son Anthony Hopkings y Ed Harris, y con unas escenas pomposas, que ayudan  a crear el ambiente de fingimiento entre huéspedes y visitantes del parque y que recuerda demasiado al que, quizás, rige nuestras propias relaciones o, al menos, al concepto que tenemos de ellas.

 

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Después de leer tres libros y visionar tres películas, uno espera un buen final. Tras analizar las tres obras de El Señor de los Anillos de Tolkien (si gustan pueden leer los post sobre La Comunidad del Anillo y Las Dos Torres) y sus correspondientes versiones cinematográficas, la primera reclamación que tengo que hacerle al cineasta Peter Jackson es habernos privado de parte del final. Más allá de que los largometrajes hayan exagerado y alargado la relación entre Arwen y Aragon, a la que Tolkien apenas dedica unas sencillas líneas, tres como mucho en total en los tres libros, gracias, en buena parte, a uno de los apéndices que pueden encontrarse en el libro que cierra la saga, El Retorno del Rey, la cuestión es que la última película de la trilogía nos priva del verdadero final de libro, porque, señores y señoras amantes de esta historia fantástica (spoiler), cuando los medianos regresan una vez cumplida su misión principal se encuentran bastantes sorpresas en la Comarca… ¿Intrigados? Pues van a tener que leer el tercer libro, muy recomendable, ya que, además, posee unos extraordinarios anexos que demuestran que El Señor de los Anillos es no sólo una de las obras más importantes de la literatura fantástica, sino la creación de un mundo legendario, con su propia historia, antropología y cronología.

 

 

 

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