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Archive for the ‘África’ Category

Planeta tierra. Crédito: NASAPartidos imputados. Gente muriendo ahogada mientras huye de una guerra. Documentales que cuentan sandeces, premiados. Gente muriendo de hambre mientras huye de una guerra. Titiriteros encarcelados. Gente muriendo de frío mientras huye de una guerra. Colectivos ultramachistas convocan reuniones en ciudades europeas. Gente muriendo de pena mientras huye de una guerra. Políticos que atropellan a policías mientras huyen para no ser multados. Gente muriendo de hambre mientras huye del hambre. Un chico muere por dejar su tratamiento y creer en curaciones milagrosas. Gente muriendo en cárceles por pensar de un modo diferente. Miembros de la realeza son juzgados por estafa. Gente ajusticiada en sillas eléctricas por gobiernos progresistas. Lapidaciones virtuales en redes sociales. Gente ajusticiada por ahorcamiento en países ricos. Pederastas confesos, protegidos. Gente que muere de un tiro en la cabeza porque su gobierno los ha condenado a muerte. Despidos indiscriminados. Políticos ladrones y mentirosos pidiendo tu voto. Paro. Coches bomba. Los ricos, cada vez más ricos. Niños y niñas violados y utilizados en guerras inmundas. Gente que acepta trabajar sin cobrar para “formarse”. Se eliminan becas de comedor y los críos pasan hambre. Terroristas suicidas en una boda. Salarios disfrazados de “mínimos” para justificar la esclavitud. Bancos robando. Mujeres sin nombre asesinadas a manos de sus parejas. Religiones que te piden que odies. Personas que se operan para no envejecer. Países en los que caer enfermo es igual a la muerte porque no puedes pagar los médicos ni las medicinas. Atentado en un mercado. Familias sin hogar. Un tipo que lanza a un bebé de diecisiete meses por la ventana. Niños y niñas que no tienen acceso a la educación. Gente bañándose en una playa con los cuerpos ahogados de inmigrantes a unos pocos metros. Un mundo que se calienta.

Más gente muriendo de hambre y enfermedad en países donde todas estas cosas no importan lo más mínimo.

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Érase una vez una filóloga nacida en Togo que hablaba con un escritor senegalés sobre una lectura de cuentos a la que acababan de asistir en una ciudad española. La mujer le preguntaba al hombre si le pasaba lo mismo que a ella, si, cuando asistía a una lectura de relatos europeos sentía que eso no eran cuentos. El hombre asentía. Para ellos, contar un cuento era sentarse con familiares y amigos alrededor del cuentista, que invitaba a la historia a venir a ellos y a ellos a escuchar la historia. Durante la narración oral, el público interviene y también se canta. En ocasiones se baila. Nada que ver con leer un texto escrito ante el público. Da la sensación que África sabe narrar de verdad y que en Europa hemos perdido la conexión con las historias, será que ya no tenemos tiempo de escuchar a las palabras como ellas se merecen. No me imagino yo, como explica el narrador de Camerún Boniface Ofogo Nkama, en este artículo, a unos adultos españoles, agotados después de la cena, sentarse ante familiares y vecinos, a contar un cuento que no esté escrito con pelos y señales en un libro, a transmitir una historia, a declamar, cantar, gesticular y bailar, cuando muchos no tenemos fuerza sino para lanzarnos a la cama y mirar con recelo el despertador preparado para el día siguiente. Debe ser que demasiada tecnología nos está agotando el entendimiento y, con él, la tranquilidad necesaria para contar y escuchar un cuento.

Imagen extraída de eldientedeltiempo.org

Imagen extraída de eldientedeltiempo.org.

 

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(Primero que nada, perdón por la extensión).

La vida se ha convertido en una suerte de urgencia imparable, de un sinsentido en el que cualquier cosa pierde valor nada más suceder, porque vamos tan rápido que lo que es noticia ya no lo es, y lo que no lo es cobra una importancia efímera y pasa, como en esa nueva película de animación, a la memoria a largo plazo. Ese desván de los recuerdos cada vez carga con más información y a la vez la acumulación de datos se hace más inservible porque a esos datos no les damos más que un segundo de nuestra importancia.

En resumen, he estado pensando y creo que la vida actual en estos occidentes se parece mucho al dial de una radio de las antiguas, en el que girando la ruedita escuchabas a medias un titular, una frase de la radionovela, la risa partida de cientos de bocas enlatadas o el compás sincopado de una canción de jazz. Girar y girar y no parar en ninguna estación, y con ello jugábamos horas enteras, escuchando cromáticas voces y ningún discurso completo.

Hoy pasa algo parecido: twitts, estados facebookianos, fotos con hastags en instagram e indignación en las redes. Indignación por un desahucio o porque un pequeño niño muere boca abajo en la orilla de una playa de no se sabe donde, no se sabe por qué, ni se sabe quién. O sí se sabe. “Indignación brutal” de 15 segundos, de comparto y maldigo y a otra cosa, porque este niño ya está muerto y ahora yo tengo que agradecer que 115 personas me han felicitado por mi cumpleaños, o tengo que poner ‘Me Gusta’ a ese restaurante chic de la ciudad, o porque tengo que difundir un cartelito con una frase de ‘Paulo no sé qué más’ que dice no sé qué mierda del ser humano y de no sé qué más zarandajas.

Y ese niño pequeñito ahí se queda en ese timeline sinsentido en el que estamos inmersos, en el que fluctúan miles de datos instantáneos y efímeros -lo mismo da si da lo mismo, lo mismo un niño muerto que la foto de una Play Station IV que me he comprado en Media Mark- y que nos convierte en auténticos estúpidos porque pensamos que al compartir esta foto ayudaremos a los refugiados, o a los enfermos de cáncer, o ganaremos un fin de semana en Cancún. Y todo vale lo mismo.

Entre 2004 y 2009 miles de personas llegaron a las costas canarias muertos de hambre y de frío, se bajaron a duras penas de barcas insalubres (los que pudieron sobrevivir) y en algunas fotos de Juan Medina, de Cristóbal García, de Arturo Rodríguez, de Fran Pallero, de Desiree Martín… (los nombro como testigos) se ve cómo incluso morían, o casi, en la orilla de la playa y los bañistas ni se movían de sus toallas apestosas a crema protectora (también hubo casos en los que las cosas sucedieron de otra manera, también los recuerdo). En esos años no había facebook, ni twitter, ni whatshap, y sí que había inmigrantes que morían al llegar a NUESTRAS  costas, como ahora está pasando desgraciadamente en el Mediterráneo. Cuando esa marejada de pateras y cayucos pasó, cuando se tranquilizaron las mafias en Senegal, volvimos a lo nuestro, incluso algunos respiraron tranquilos porque “aquellos negros” ya no traerían “enfermedades” y miserias a nuestros centros de salud, ni gastarían en presupuesto escueto de nuestra sanidad occidental de para nosotros segunda división, para muchos inmigrantes, desplazados, expatriados, de primerísima categoría.

Ese niño yace en la orilla de esa fotografía muerto; no es uno, son miles, pero ese es el que nos ha metido el dedo en la llaga (porque es blanco, porque yo recuerdo cientos de fotos de niños muriendo en Etiopía, niños muriendo de Ébola en el corazón de África, niños y niñas, y adolescentes muriendo en otras partes…).

A algunas personas les ha dolido mucho esta situación, son personas conscientes de que hay que colabroar en la medida de lo posible, de compartir el poco, o mucho, pan que pueden tener en su mesa, no sólo de hablar; a otros también: les ha dolido lo que han tardado en compartir en sus redes la foto en una especie de sentimiento de atracción/repulsión, en esa suerte de instantaneidad de la que hablaba más arriba, (alguno incluso ha puesto Me Gusta, solidarizándose no se sabe bien con quién o con qué) pero más allá de eso, poco. Esta es la única definición que han sabido aplicar al verbo compartir: “dícese de la acción y efecto de activar la casilla con ese nombre de las redes sociales”. Cuando se topan con el del Acnur o con el de Médicos sin Fronteras,  en la Calle del Castillo cruzan la acera, porque “los de las ONG son unos pesados y ya yo lo he ‘compartido’ en Facebook”.

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Dicen los ministros de interior de Reino Unido y Francia que los inmigrantes creen que sus calles están asfaltadas con oro, y piden aumentar las medidas de seguridad para rechazar a los miles de seres humanos que cada día intentan llegar a sus países. Y yo no se si de veras creen en lo que dicen o todo forma parte de un plan premeditado para eludir responsabilidades y criminalizar a gente inocente. Tal vez estos sujetos son tan estúpidos como para no darse cuenta de que, cuando las calles de tu país no solo no están asfaltadas sino que están cubiertas de mierda (o como dice el amigo Luis Hernández en Facebook: asfaltadas con la sangre derramada en las colonias) cualquier otra cosa parece oro. Igual no ven que la solución para que miles de inmigrantes se jueguen la vida cruzando el mar todos los días no es aumentar la seguridad y construir barreras, vallas y muros más grandes, sino colaborar en mejorar la situación actual de los lugares de los que proceden; lugares expoliados y arrasados durante siglos por países como España, Francia, Reino Unido o Estados Unidos.

Pero también es posible que esta gente sea plenamente consciente de que lo que dicen y hacen no tiene ningún sentido; es posible que sepan perfectamente que las medidas que proponen no van a solucionar nada, también es posible que no deseen solucionar nada porque siguen ganando dinero con el hambre de África y que además utilicen el miedo hacia el inmigrante como justificación para seguir ejerciendo poder sobre la sociedad: En un mundo capitalista y neoliberal gobernado por el dinero, los mercados y las multinacionales, en el que se siguen recortando derechos y beneficios y se insta a cada ciudadano a solucionar sus propios problemas… ¿qué sentido tiene seguir manteniendo una clase política y sus gobiernos y no sustituirlos por simples burócratas? Defendernos de los supuestos peligros que vienen de fuera es para ellos la excusa perfecta para hacernos creer que siguen siendo necesarios y quizás por eso hablan de invasiones, de asaltos, de incrementar la seguridad y de expulsar al “indeseable”.

En cualquier caso, no sé qué posibilidad me aterra más: si estar presuntamente gobernados por imbéciles o por unos desalmados.

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Cecil*, melena al viento, nunca imaginaste tu absurdo y triste final, siendo un personaje ya en tu entorno, rey de reyes en la sabana africana.

Cecil, tu belleza, tu porte, tu elegancia… qué importan a esa raza que se cree superior y que paga por conseguir tu cabeza como un trofeo para exponerla de forma ridícula en las paredes de sus horribles casas.

Cecil, te engañaron vilmente, te sacaron de tu reserva para darte caza de forma cobarde y dejarte moribundo varias horas hasta rematarte y degollarte días después.Cecil

Cecil, la miseria humana reside por desgracia en el mismo mundo de tantos otros colectivos que buscan protegerte, a ti y a los tuyos, pero el dinero es tan poderoso que cualquier belleza natural importará siempre menos.

Cecil, malditos cazadores, malditos gobiernos que tuercen la mano para recibir limosnas, maldita la autoproclamación de supremacía de los hombres.

Cecil, pobre Cecil, de qué vale ahora que algunos se rasguen las vestiduras y se detenga a los culpables, que se pidan mil perdones o que se pague con la cárcel un acto tan incomprensible como condenable.

Tus hijos, Cecil, ahora más solos y amenazados que nunca, llorarán tu ausencia y temerán incluso por sus vidas.

Cecil, la belleza de tu rostro y de tu cuerpo serán ya solo el recuerdo de quienes tuvieron la suerte de conocerte.

Qué triste, Cecil, qué triste tu muerte, ni siquiera valdrá para que nos cuestionemos y erradiquemos la estupidez de la caza deportiva, porque tu caída no va a alimentar a ningún ser hambriento y tu muerte, querido león, me temo que ha sido en vano.

*Cecil, el león más emblemático y conocido de Zimbabue, según relatan muchos medios de comunicación, cayó abatido hace unos días por un cazador furtivo, unos cuentan que español, otros que norteamericano, en una zona próxima a la reserva de Hwange, donde había vivido sus 13 años de vida. Deja hijos y quién sabe si compañera de viaje.

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Y cuando se aplacaban los ruidos de la loza en el fregadero del patio, y los gritos de los niños peleando por los guayabos. Cuando el olor a café recién hecho empezaba a diluirse y hasta las moscas que daban vueltas sin cesar, sobre una circunferencia imaginada por ellas mismas, se posaban exhaustas a la sombra de las helechas de a metro. Cuando el sol ocupaba el ángulo menos ángulo, y castigaba todo tanto que condenaba a los objetos a quedarse sin sombra, y el camino parecía un revuelo de polvo amarillo, y los lagartos se alargaban como rayas en las paredes de piedra seca. A esa hora en que casi ni corría aire, ni se oía ningún ruido más que el de la respiración del abuelo que se quedaba dormido sobre el canapé del patio, debajo de la granada, que debido a su loza de cemento fratasado era la única superficie de la tierra que mantenía un cierto frescor. Toda la casa se quedaba bajo el sopor de la humedad de los árboles, bajo el sol tamizado por la panza de burro.CIMG0535

En ese momento en el que hasta los diálogos de Pancho, del Piraña, de Tito o de Quique parecieran salidos de otro mundo más allá, un mundo de una sola cadena y música con arreglos; cuando mi tía ponía punto y final a las labores de quitar la mesa, y lo firmaba todo con un chorro de Oro Matón, pulverizado en forma de lluvia asesina de insectos y moscas.

Justo en ese momento en el que cualquier movimiento, cualquier decisión generaba un sudor incómodo y estremecedor, justo en ese instante era cuando nos dábamos cuenta, cuando éramos conscientes, cuando certificábamos y se abría la veda, cuando ya no había marcha atrás, cuando empezaba todo, todo lo bueno, todo lo relacionado con la aventura, con el descanso cansado de jugar en las plataneras y en las paredes, de escalar por el barranco y de bañarnos al amanecer en la arena de las playas de arena negra con ribetes blanquísimos.

Ese era el momento, ese era el instante en que, haciendo hasta un esfuerzo, y para nuestros adentros infantiles nos asegurábamos con todas nuestras fuerzas que el verano ya había llegado.

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África¿Le importa a Europa una nueva tragedia en el Mediterráneo?

¿Otra reunión urgente hoy lunes de las autoridades europeas competentes?

¿Desde cuándo se lleva pidiendo que este tipo de desgracias no se repitan?

¿700 vidas serán razón de peso para actuar de forma contundente y definitiva ante la inmigración desesperada de muchos africanos?

¿Hará algo Europa esta vez?

Las preguntas se me acumulan en la cabeza mientras sigo sin dar crédito a un nuevo naufragio en alta mar, cerca de la isla italiana de Lampedussa. Pero son inmigrantes africanos, claro, es gente pobre que actúa a la desesperada porque muchos saben que en sus países de origen morirán antes o después, morirán de hambre, de sed, de enfermedades curables en el viejo continente, asesinados, de desesperanza…

 

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