Elecciones (este artículo no va de votos ni de urnas)

Tengo que reconocer que soy de esas personas que, a la hora de elegir, dudan más que un chiquillo en una tienda de golosinas y es que, con la amplia variedad de alternativas que para cada cosa se nos oferta en esta sociedad hipermercantilizada, siempre titubeo a la hora de decantarme por una u otra opción.

Sin embargo, para determinadas cuestiones ajenas a lo material, equivocadamente o no, sí que suelo tener muy clara mi decisión. Así, para guerras prefiero las dialécticas; para ataques, los de risa; para bombas, las de chicle; para política, la de cookies y para pactos, los de no agresión.

Para obras, las de buena fe; para códigos, los de honor; para claves, la de sol; para modelos, los de conducta y para hábitos, los de higiene (física y mental).

Para trucos, el del almendruco; para juegos, los de palabras; para palabras, las de ánimo, para test, los de inteligencia (bueno, vale, y alguno que otro del antiguo Súper Pop) y para cortinas, por supuesto, las de humo.    

Y si de repente me pongo un poquitín canalla, aunque no tengan fuegos artificiales, ni vengan marcadas en rojo en los calendarios oficiales, para fiestas escojo las de Boris (Johnson no, Izaguirre); para mentiras, las de Pinocho; para narices, las de Cyrano y para vergüenza, la ajena.

Para triunfos, los de mis hijos; para compañía, la de mi pareja; para croquetas, las de mi madre; para aventuras, las que leo en las páginas de mis libros y para paisajes, los de mi isla.  

Para signos, los de interrogación; para líneas, las discontinuas; para puntos, los suspensivos y para finales, siempre y sin lugar a dudas, los apoteósicos.

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