Pragmatismo

Mi plato favorito entre los que cocina mi madre es las “Papas con atún”. He de confesar que no hace tanto tiempo que descubrí que no es sino una versión humilde (y deliciosa) del celebérrimo Marmitako, nombre demasiado críptico para nuestras preferencias lingüísticas. El atún al que se alude es atún de lata, como el de sus croquetas. Las más buenas del mundo. Y pasaré a cuchillo al que se permita siquiera dudarlo.

Más: años antes de que yo me trasladara a vivir a Valencia y descubriera la fina piel que recubre al gastrónomo paellero, mi madre ya se refería al arroz que preparaba como “Arroz amarillo” o “Arroz con carne”, según el alarde descriptivo que quisiera explotar ese día. Me parece justo si vas a echarle guisantes. Lo encuentro mágico teniendo en cuenta que ella aún no conoce a ningún valenciano susceptible.

Aún más: como canario normalizado que soy, tengo familia en Venezuela. Pero ni los conozco. Deben ser primos quintos o tíos abuelos carnales. Total, que las arepas entraron en casa no por la tradición migrante, sino por la curiosidad de mi madre al entrar un día al supermercado y ver un paquete de harina P.A.N. con las instrucciones impresas en el lateral. Una vez preparadas, aquella primera vez, las rellenamos con una loncha de jamón y otra de queso. La sofisticación pepeada, incluso la mechada, tardaría en habitar nuestros corazones (y siempre vía Carajita o Punto Criollo).

¿Qué pretendo decir con todo esto? Pues ni idea, la verdad. Quizá que, sin pretenderlo, en mi casa se me ha criado en el pragmatismo, en la ausencia de pompa y circunstancia. O que lo único importante a la hora de entrar en una cocina, seamos honestos, es comer. Y todo lo demás son medios para llegar a ese fin.

Este año los Reyes Magos, después de lo que han parecido milenios escarbando en el jardín trasero de la casa de campo de la abuela materna de Jeff Bezos, me han regalado una tostiarepa. Me he reído en voz alta de todos los tenderos que me aseguraron que estaba descatalogada. Y he agradecido al dios que se encargue de los vagos todo lo que me voy a ahorrar en salpicaduras de aceite y bandejas de horno pringadas. Tengo jamón y queso en la nevera y una lista en Google de recetas de guasacaca para tontos.

Pero además, lo reconozco, se me ha escapado una lagrimita. Porque los pragmáticos también tenemos emociones. Y madre.

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