Contra el Ala Oeste

Reconozco que no la he acabado. Quizá mi crítica es, a la vez y paradójicamente, obsoleta y precipitada. Soy de esos que se dejaron llevar por el hype acumulado y, durante la pandemia, se agarró a The West Wing como si no hubiera mañana. También de esos que, por culpa del contraste entre su ritmo canario y la premura de la vida moderna, se ha quedado colgado al eliminarla Amazon Prime de su catálogo. Pero algo he visto, vaya que sí.

Y oye, que la calidad no se la niego. Faltaría más. No soy tan estúpido y temerario. Pero no esperaba menos de una serie creada por Aaron Sorkin. Si me he visto dos veces La Red Social no es porque esté secretamente enamorado de Mark Zuckerberg y sus fascinantes problemas para empatizar. Que Sorkin es jodidamente bueno ni es nuevo ni merece ser repetido. Es una serie que me trata como si yo fuera inteligente (y eso se agradece, porque no abunda), sus diálogos son densos, profundos, trepidantes (causa también de que fuera incapaz de hacer maratones, mi cuerpo no tolera demasiadas horas seguidas de sabiduría); sus personajes son tridimensionales aunque tiendan a la sobrehumanidad y el ritmo engancha. Pero todo esto también puede hacer mucho daño.

Ya desde un principio me indignó que la política de la serie se pareciera tanto a la real. Me esperaba un gabinete de superhombres y supermujeres idealizando los entresijos del gobierno de la nación más importante del mundo y me encuentro a superhombres y supermujeres rascando voluntades y escaños para ganar por la mínima y en el descuento la siguiente votación. Que sí, que de vez en cuando hay un capítulo dedicado a la nueva ley de educación o a los valores que han llevado a Josiah Bartlet (premio Nobel de Economía, cágate lorito con el pacto ficcional) a la presidencia. También, tratándose de la Casa Blanca, muchos episodios en los que se bombardea Oriente Medio. Pero la mayoría van de sobrevivir, de aguantar otro día más, de convencer al demócrata díscolo o el republicano descontento para conseguir el yea o el nay que desequilibre la balanza. Mucho más esfuerzo invertido en mantenerse que en hacer. Y alguien me dirá “pero no puedes hacer si no te mantienes en el poder”. Y yo a ese alguien le diré que me suelte el brazo y que si quiere bolsa. Que ni Sorkin ni yo hemos venido a aquí a contentarlo a él ni sus gustos de mierda.

Porque al final, y aquí mi principal descontento, lo que ha trascendido es eso. En España (y doy por hecho que en el resto del mundo, incluido EEUU, por supuestísimo) en política son muchísimos más lo que llegan para mantenerse, sobrevivir, rascar, y a eso se dedican, que los que llegan con ganas y principios (qué pena) o a bombardear (menos mal). Con un factor gravísimo añadido: ni Iván Redondo ni MAR son Toby Ziegler o Josh Lyman. No hay mentes privilegiadas, sino seres con las luces justas. Que no estaría del todo mal, si no fuera porque invierten lo poco que tienen en conspirar y subsistir.

Como ejemplo reciente de pedo más alto que el culo (citando a Ignatius): hace menos de un año murió muchísima gente, demasiada, en las residencias de ancianos de este país. Pablo Iglesias, nombrado vicepresidente-coletas-rata, fue el señalado, el responsable, el asesino, dijeran lo que dijeran los papeles. Muerto el perro, se acabó la rabia y una vez se echó al demonio de la política ha llegado la posibilidad, en forma de comisión de investigación, de esclarecer los hechos y las competencias. Pues tanto en Andalucía y Madrid (gracias a las derechas) como en Catalunya (PSC e indepes) se ha descartado tal posibilidad. Detrás de esta maniobra no ha habido ni gestión intelectual, ni trabajo en la sombra, ni discursos brillantes escritos por Sam Seaborn, no. Solo burda manipulación, declaraciones planas e incluso deslavazadas y unos meses o kilómetros de diferencia entre una postura y la contraria. Es la política, idiota. Sí, claro, por los cojones.

Total, que por descargar, me cago en The West Wing por las expectativas, en Amazon Prime por el coitus interruptus y en el sistema por premiar la maldad. Yo seguiré aquí, en el sofá, con los puñitos apretados.

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