No soy Carmen Mola

Hola. No soy Carmen Mola. Puede que ni siquiera sea yo Pablo Barber, y que este sea un seudónimo y detrás de él se esconda otra persona. Puede. Pero eso, hasta el momento, no me ha planteado ningún problema.

Escribir con seudónimo es más viejo que el hilo negro. Mark Twain se llamaba realmente Samuel Langhorne Clemens. Lewis Caroll no era ni Lewis ni Caroll, porque sus padres lo bautizaron como Charles Lutwidge Dodgson. Richard Bachman copó las listas de libros más vendidos durante una buena temporada, hasta que nos enteramos de que Stephen King estaba detrás, y el propio King tuvo que matar a su propio alter ego, anunciando que Bachman había muerto de un “cáncer de seudónimo”. En 2013 un tal Robert Galbraith se convertía en la revelación de la novela policiaca con su obra “La llamada del cuco”. Tres meses después se supo que Robert era Joanne Kathleen, de apellido Rowling. Por cierto, J. K. empezó a firmar sus obras con sus iniciales porque su editor se lo impuso. Decía que una firma femenina provocaría rechazo entre los lectores. 

Que Carmen Mola sean tres escritores y que hayan ganado el Planeta de este año (y que se hayan metido un millón de euros en el bolsillo) no es, ni de lejos, un problema per se. Personalmente no me siento engañado, no me he leído ninguno de sus libros. Primero, porque lo policíaco siempre se me resiste más, y segundo, porque no me atraían las historias. Pero esa es mi opinión, que, como casi todas, es una mierda. 

Pero ahora que sé quién es Carmen Mola he empezado a buscar entrevistas y a documentarme un poco y aquí es cuando lo que no era un problema se convierte en uno. “La novela no tiene sexo” han dicho en varias entrevistas Jose Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero, los Carmen Mola, y me parece que para hacer una afirmación así hay que tener unos huevos grandes como camiones, sobre todo cuando tu editorial ha hecho una campaña de marketing arrolladora, publicitando los títulos de Mola como la revelación de la “literatura femenina”, una de “las autores más vendidas del momento”, haciendo hincapié, precisamente, en el sexo de la escritora.

He leído a gente decir que uno de los pilares de la obra de Mola es que era curioso leer a una autora escribiendo sobre crímenes tan crudos y violentos, describiéndolos con ese salvajismo y esa crueldad. No pienso entrar en ese mierdero, de verdad se los digo, porque afirmar eso es no haber leído a la mitad de autoras policíacas de la historia de la literatura. 

Ser mujer y entrar dentro del mundo del género policíaco es difícil, pero no imposible. Tenemos nombres más que reconocibles en la cabeza, pero ninguno que esté al nivel de ventas de un Stephen King, por ejemplo. Y las cifras son importantes. Eso, hablemos de cifras. El Ministerio de Cultura, en 2018, sacó una estadística de los títulos inscritos en el país. Solo el 32.1% eran de mujeres. Sorpresa. Ellos presentaron 34.183 obras y ellas 17.801, una diferencia total de casi 20.000 obras. Además, el volumen de obras inscritas en el Registro General de la Propiedad Intelectual indica que las creaciones de los hombres abruman frente a las registradas por las mujeres: 12.883 títulos de ellos frente a 8.178 de ellas. 

El problema de Carmen Mola no es que sean tres señores. El asunto es que estos tres autores y su editorial han utilizado ese apodo para vender algo que no era cierto, el encumbramiento de una autora, por el hecho de ser autora, pintando con barniz femenino lo que no era. No tienen por qué estar de acuerdo conmigo. Mañana, @elniosombra les traerá a este, nuestro blog, una visión diferente a la mía, y muy interesante. Pero creo que sí es poco discutible decir que, en el momento en el que estamos, es absolutamente necesario tener más empatía, más ética y más compromiso con la literatura que nunca, porque muchos y muchas buscamos el balance y el reconocimiento que merecen las mujeres, que les sea igual de fácil y de difícil llegar arriba que a los hombres (no más) y que las mediocres tengas las mismas oportunidades de éxito que los hombres (no menos).

Llegar a tener un cierto reconocimiento editorial, hoy en día, sigue siendo más complicado para las mujeres que para los hombres. Eso es un hecho. Y Camen Mola no lo va a poner más fácil. Si Camen hubiese sido Pablo Mola, no hubiese pasado nada. La elección de los seudónimos no es casual.

A mí a veces me dicen que yo escribo como una mujer. A mí eso no me molesta. Pero si algún día me dan el Planeta y me meto entre pecho y espalda un millón de euros, les aseguro que antes me aseguraré de no ser el autor revelación de ningún lado, ni ser especialmente relevante por mi literatura masculina, ni ponderar que soy de los primeros en tener personajes masculinos detestables, ni publicar que tengo los huevazos más grandes de todo este lado del río. 

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