Escupiendo lava

No recuerdo exactamente a los autores, ni voy a buscar el comentario en la vorágine que es Facebook. Ocurrió en los primeros días de la erupción del volcán, el de Cabeza de Vaca, Las Manchas o Tajogaite, el sin nombre. En esos días en que todo era lava y en las redes la fase efusiva y la explosiva se sucedían sin descanso (como en la realidad, mismamente). Pero los leí, vaya si los leí, y cerré el ordenador inmediatamente. No por enfado no, ni por asco, por desconcierto.

Dos comentarios a una noticia me llamaron la atención. Eran de dos personas originarias de México, una señora de Guadalajara y un chaval de Chihuahua. El epítome de la globalidad: una colada volcánica se traga una casa en Los Llanos de Aridane y un alud de comentarios desde el otro lado del mundo se desencadena y escupe “Eso es culpa de los que construyen en las faldas de un volcán, nadie les obligó”. Ellos, entre otros tantos, venían a decir lo mismo, pero estos dos me llamaron muchísimo la atención. Guadalajara y Chihuahua son dos de las ciudades más peligrosas de uno de los países más peligrosos del mundo. En 2019, según cuenta Wikipedia, hubo en ellas 38 (Guadalajara) y 42 (Chihuahua) homicidios por cada 100000 habitantes. Por hacernos una idea de lo que esto significa, ese mismo año en España la tasa de homicidios por 100000 habitantes no llegó a 1 (0,71, y sufriendo un claro aumento desde el 0,62 de 2018). ¿Se habrán parado a pensar estas dos personas que habitan un lugar muy peligroso en el que nadie les ha obligado a vivir? ¿Que si un día los asesinan en la calle es porque ellos se lo han buscado?

Ese mismo comentario, salido de las bocas de Risto Mejide o Pilar Rahola (han borrado el tuit, así que siento tener que recurrir al infame Periodista Digital), lo puedo llegar a entender: personajes con tanto dinero como para ubicar su hogar allá donde les salga de la genitalia y con un ego tan grande que su sentido de comunidad difícilmente logra abarcar más allá de su epidermis pueden pensar que todo el mundo es como ellos. Al resto no los entiendo. Si estamos tan seguros de que cada uno de nosotros disfruta de las mismas oportunidades (dinero, trabajo, familia, espíritu, entorno) para elegir el kilómetro exacto (y el kilometraje y los kilómetros cuadrados) donde erigir su castillo y fundar su linaje; si damos por hecho de que no nos condiciona la pobreza, los lazos familiares, la tradición, el trabajo (incluso el que no es precario), la salud, la nostalgia; si en todo el globo florece la gente que antepone el “allá tú” al “lo siento”, es que hay un problema muy gordo: nos estamos comiendo con papas el perverso, corrupto y manipulado sueño del paraíso neoliberal.

O que somos gilipollas y no sabemos estar callados. Que también puede ser.

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