El espectáculo y la tragedia

Armero es un pueblo de Colombia situado en el departamento de Tolima, al oeste de Bogotá. En noviembre de 1985 se hizo tristemente famoso por la tragedia del Nevado del Ruiz, un volcán del Parque Nacional Natural de los Nevados que entró en erupción tras sesenta y nueve años de inactividad. La erupción, que comenzó a las 21:09 del miércoles 13 de noviembre de 1985, envió material a más de 30 kilómetros de altura y tomó por sorpresa a los pueblos cercanos, a pesar de que el Gobierno había sido advertido por parte de múltiples organismos vulcanológicos desde la aparición de los primeros indicios de actividad volcánica en septiembre de ese mismo año. ​El magma emitido fundió cerca del 10% del glaciar de la montaña, enviando cuatro flujos de lodo, tierra y escombros productos de la actividad volcánica (lahares) por las laderas del Nevado a 60 km/h, arrasando Armero, a poco menos de 50 km del volcán, y causando la muerte de más de 20 000 de sus 29 000 habitantes. (Wikipedia).

Tras la tragedia llegaron al lugar autoridades, ladrones y saqueadores (aún hoy existen asociaciones que buscan a numerosos niños que sobrevivieron a la tragedia y fueron robados y dados en adopción de forma totalmente ilegal), curiosos y, por supuesto, medios de comunicación. Uno de esos medios fue un equipo de TVE, que se encontró con una niña atrapada en un fosa llena de agua que tenía las piernas inmovilizadas y no podía liberarse. Aquella niña se llamaba Omaira y los telediarios de la época transmitieron su agonía y su sorprendente entereza (para una niña de tan solo 13 años) hasta que murió, sin poder ser liberada, tres días después (probablemente debido a la gangrena o la hipotermia). Las imágenes de aquella niña son algo que tengo grabadas en la memoria desde ese momento, pese a que yo, por aquel ya lejano 1985, solo tenía 8 años.

El pasado 2015 yo me econtraba viviendo en Colombia y trabajando como cámara de vídeo para la Agencia EFE en Bogotá cuando fui a Armero con una periodista y un fotógrafo (un abrazo enorme desde aquí a Cynthia de Benito y a Mauricio Dueñas) para realizar una serie de reportajes por la conmemoración de los 30 años de la tragedia. Caminé sobre los restos del anitguo poblado, ahora engullido y reclamado por la naturaleza, estuve en el lugar donde murió Omaira y filmé entrevistas a supervivientes de la tragedia, cuyos recuerdos del suceso me pusieron la piel de gallina. Es imposible describir las sensaciones que le inundan a uno al caminar por aquella zona y al escuchar a aquellas gentes que perdieron aquel día a hijos, madres, padres, hermanos… Las fotos de ste post las tomé con mi móvil el 4 de noviembre de 2015.

En 1985 no existían Internet ni las redes sociales, de haber existido seguramente desde el primer día alguien habría hecho memes sobre la tragedia o sobre la situación de Omaira. Pero también, de haber existido Internet, tal vez la tragedia no hubiera sido tan grave porque la información de lo que estaba pasando podría haber llegado más rápido a los habitantes de Armero. Nunca lo sabremos. Lo que sí existían eran los medios de comunicación tradicionales: periódicos, radios y televisiones. Algunos de los cuales convirtieron la tragedia en un espectáculo para las masas, incluida la agonía de una niña de 13 años.

Afortunadamente, en nuestra querida isla de La Palma es seguro que no habrá que lamentar pérdidas de vidas, únicamente materiales (que no es poco). Tenemos unos científicos y unas autoridades que han sabido actuar bien y a tiempo. Tenemos Internet y estamos continuamente informados, sobreinformados y desinformados sobre lo que acontece. Y también tenemos a gente que hace memes y bromas y a medios (tradicionales y digitales) que convierten la tragedia en un espectáculo. ¿Significa eso que esta gente no siente empatía por lo que están viviendo los habitantes de La Palma? Pues, como casi todo en esta vida, dependerá de muchas cosas. Yo solo puedo hablar por mí y decir que, si mi casa estuviese siendo engullida por la lava, probablemente estaría demasiado pendiente de eso como para procuparme por lo que digan unos desconocidos en las redes sociales o por las cosas con las que se debería hacer o no un chiste; cosas que a otros con el suficiente tiempo libre, la suficiente distancia y la suficiente seguridad, les parece muy importante en este momento. Pero, ¿quién soy yo para decir con qué se puede hacer humor o para denunciar quién tiene empatía o carece de ella según lo que comparte en su Tuiter? Solo soy un chicharrero que, con 8 años, cuando no existían Tuiter, Facebook o los memes, mientras almorzaba veía agonizar a una niña colombiana en nombre de la información, y que 30 años después pudo ir al lugar donde murió y pedirle perdón por ello.

Un abrazo enorme para todos los palmeros.

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