Mi único bando

Al final el joven que denunció una agresión homófoba en Madrid terminó confesando a la Policía que había mentido. No fue atacado por ocho encapuchados, y si hubo alguna marca de navaja en su piel «fue consentido». Era muy confuso, vale, pero aquí todos somos humanos y rápidamente nos pusimos del lado del débil, a la vista de los reiterados ataques y la inseguridad que lleva sufriendo el colectivo LGTBI desde hace demasiado tiempo. No había testigos, no había información de la víctima, no existía ni una sola prueba. Pero algunos nos lo creímos, y se ha sembrado la duda respecto al padecimiento de las víctimas reales.

Flaco favor hizo este chico al colectivo y realmente a toda la sociedad, pero que esas ramas no eviten que veamos el bosque del terror que en el pleno siglo XXI representan las agresiones homófobas, que siguen existiendo y están más presentes de lo que se cree en España. En las aulas, en el trabajo, en las calles.

En el lado contrario, una vez demostrado que todo era un desafortunado invento, los cuatro bastos de siempre ahí estaban agitando las redes bajo el lema #ElBuloDelCulo, felices de que todo haya sido trola. El bulo del culo… Qué patético, zafio e insultante es este mundo de bandos en el que pretenden meternos.

Lo siento, mi único bando es este: Un ataque homófobo debe ser condenado sin excepción y hay que dejar trabajar a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y a la Justicia. Que sea la Ley la que se exprese con toda la contundencia -aunque todavía es demasiado tibia- sobre aquellos que acosan, vejan o matan a personas por su condición sexual.

Todo lo demás, este show mediático y cibernético que se monta por sistema, con ministras y ministros, presidentes de comunidades autónomas, alcaldes, diputados y tuiteros de toda calaña es, digámoslo de una vez, puro oportunismo. Yo meo más lejos que tú y yo represento al pueblo más y mejor que tú.

Que un político manifieste su opinión no es un delito de odio. El Código Penal, mientras no se reforme, requiere para hablar de delitos de odio que se fomente o incite directa o indirectamente odio, hostilidad, discriminación o violencia contra un grupo o contra una persona determinada por las más variadas razones, sean de índole racista, homófoba, machista… Las declaraciones patéticas del señoro cutre que viene a soltarnos sus soflamas a favor de lo que él considera una familia tradicional son una majadería, una mamarrachada antigua que no se sostiene. Pero ya estoy cansado de tanta demagogia: Ninguna persona en su sano juicio sale a la calle a agredir a nadie porque un político diga una o mil veces las sandeces que a diario dicen muchos de ellos sobre la temática más variopinta.

A todos esos discursos, en mi opinión, lo que les une es el deseo de instrumentalizar los sentimientos y hasta la bondad de la gente, que se manifiesta a favor o en contra ante aquello que le importa. Aunque luego se demuestre que es falso. Estoy firmemente convencido de que muchos de esos personajes que tienen relevancia pública e influyen sobre tantos miles de personas, solo se preocupan por el odio en la medida en que pueden sacar rédito político. Y eso es una desvergüenza venga de quien venga.

Quino, siempre sabio.

A ver si unos y otros se deciden a dejar de lado la propaganda a costa de unos bandos que se fabrican o fomentan de forma interesada, porque a muchos charlatanes les conviene que existan sencillamente para justificar un sueldo y esconder una manifiesta ineptitud, en lugar de trabajar para que recibamos los servicios públicos que nos merecemos.

Y a ver si llega el día en que dejamos de convertir en tema de debate con quién se acuesta cada uno. Nos irá mucho mejor, seguro.

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