Mujeres de ojos grandes

Me gustan las mujeres de ojos grandes. Me da igual que sus párpados lleven el tono estrella de la nueva colección de Margaret  Astor o que sus pestañas estén maquilladas con rímel waterproof de la marca Revlon o Maybelline New York, porque lo que busco en la mirada de una mujer no lo dan los artificios del color ni el eyeliner más codiciado de la temporada.

Me resulta completamente trivial en una mujer que sus ojos pudieran figurar en el libro Guinness de los récords por contar con el óvalo más perfecto o el iris más azul o, incluso, que llegara a ganar el premio al blanco del ojo más impoluto del año.

No, no busco unos ojos de anuncio de Vispring, ni que estén coronados por un par de cejas con la curvatura perfecta, según los cánones estéticos de los expertos de las páginas de belleza del Cosmopolitan, porque lo que me interesa de unos ojos es que me transmitan calma.

Me resulta indiferente las dioptrías que tengan, si están o no cubiertos por unas horrorosas gafas de pasta, ni que sucumban a los efectos de una noche en vela y exhiban unas marcadas ojeras, porque no admito banalidades en algo tan importante como una mirada.

Digan lo que digan Kiko Milano y Alain Afflelou, para mí lo esencial de unos ojos no es una cuestión de cosmética ni de optometría. De hecho, lo que más valoro es que sean serenos pero alegres; vitales y, del mismo modo, rebosantes de sosiego.

En realidad, si a algo he aspirado es a tener junto a mí unos ojos de oro olímpico. Me importa un bledo que sean de la República Dominicana o Kazajistán, pero lo único que les exijo es que sean campeones del mundo en sinceridad porque, eso sí, lo que más detesto son unos ojos inquisidores e inyectados de ira; unos de esos ojos recelosos que se te clavan en la espalda o que hace daño mirarlos porque están llenos de furia.

La vida, que a veces me regala cosas sin merecerlo, ha puesto a mi lado a dos mujeres maravillosas. Así, como compañero y padre, mi amor está custodiado por dos pares de ojos grandes. Primero llegaron los ojos eternos, los pacientes, los entregados, y más de una década después, me miraron por primera vez los ojos llenos de futuro, los curiosos, los tiernos, los insaciables.

Yo ya sabía lo que era eso, porque lo bueno que tiene la edad es que uno va acumulando victorias, y tres años antes ya había experimentado esa misma sensación, pero en modalidad masculina.

Es lo que tienen estas cosas, que uno aprovecha cualquier motivo para rememorarlas y más aún si el azar ha querido colocar en mi calendario de momentos felices tantas fechas seguidas marcadas en rojo como la de hoy y la de mañana.

Ilustraciones: Gabriel Moreno

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