El opio de los talibanes

Hoy es el Día Mundial de la Asistencia Humanitaria. Naciones Unidas llama la atención sobre la urgencia de fortalecer la cooperación internacional y recuerda el ataque de su cuartel general en Bagdad en 2003, que se cobró 22 vidas, honrando a quienes se sacrifican para ayudar a millones de desfavorecidos en todo el mundo, los grandes afectados por desastres naturales o conflictos armados, casi condenados a vivir en la marginalidad.

Una fecha marcada por la incertidumbre ante el retorno de los talibanes a Afganistán, tras la retirada de Estados Unidos de una zona controlada desde 2001. Ha dado igual que en veinte años se haya modernizado el país, dotado de servicios básicos como la enseñanza: En unas semanas los talibanes se han adueñado de amplias extensiones de territorio hasta tomar las principales ciudades y, por último, la capital. Las llamadas de auxilio del huido presidente no tuvieron eco, y Afganistán vuelve a ser Emirato Islámico. Una victoria del radicalismo que coge desprevenida a la adormecida diplomacia occidental. Más bien narcotizada.

Beneficios para una industria bélica que surte a los malos de siempre, vestidos de moderación. Todo aboca a un duro fundamentalismo, que ya ha restringido la retirada de dinero por persona, mientras vuelve el miedo a las calles que ya sufrieron aquella cruel interpretación del Islam que castigaba con látigo, pedradas y amputaciones al disidente. Y vuelven el burka, la represión y el encierro para las mujeres. Volverán los atentados.

Compartamos nuestra repulsa en redes sociales, elucubrando y condenando. Afganistán, un puñado de tribus en una zona sin interés aparente, es el mayor exportador de opio del mundo, grueso de la financiación talibán. La operación Libertad Duradera, aquella costosa guerra, solo arrinconó a los radicales, que seguían controlando áreas del país, y supieron esquilmar a los agricultores a base de impuestos en cada fase de producción. La altísima demanda occidental, siempre codiciosa de la heroína, la morfina y la codeína que se producen con el opio afgano, hace el resto. Pero también hay yacimientos poco explotados de gas, carbón, petróleo y el preciado litio, imprescindible para las baterías de esos móviles que canalizan nuestra lógica condena. Se genera una financiación estable, inflada por donaciones de quienes -hay gente para todo- simpatizan con la causa. Quítame allá ese burka, habrán pensado, que yo me llevo un buen cacho del pastel… Y más manifestaciones de repulsa en esos medios de comunicación donde se blanquea el consumo de estupefacientes y que consultamos a través de un móvil.

La tontuna internacional se completa con la identificación por parte de Estados Unidos de las metralletas de la milicia talibán. Acabáramos. A medida que avanzaban por el país han ido robando las armas entregadas por los americanos a las corruptas autoridades locales y a un ejército que les abre la puerta del palacio presidencial. Cuesta creer que nadie cayera en algo tan simple. Para el recuerdo, las terribles imágenes de la muchedumbre desesperada luchando por subirse a un avión en marcha para abandonar Kabul, o la bobería del alto representante de la Unión Europea para la política exterior, Josep Borrell: «Los talibanes han ganado la guerra, así que tendremos que hablar con ellos», para luego aclarar que favorecerán la evacuación del país. Bonita forma de empezar a dialogar, asumiendo que dejamos campo abierto al horror.

Esa asistencia humanitaria que hoy celebra su Día Mundial se basa en principios como la humanidad, la independencia y el trabajo de quienes brindan ayuda vital a los necesitados. Tiraremos de ellos en una crisis cercana, una vez consumido el armamento dormido, para que las voces de los desfavorecidos sean escuchadas entre la destrucción, mientras nosotros nos indignamos en redes sociales y le echamos un tirito a ese opiáceo manchado de sangre, más corrupto que el propio régimen talibán. Eso para quienes aún dudan de la globalización.

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