De Agnes Keleti a Simone Biles

La campeona olímpica viva de más edad es una gimnasta y se llama Agnes Keleti. La ceremonia de apertura de los Juegos de Tokio ha revivido la historia de esta mujer de cien años, que logró diez medallas, cinco de ellas de oro, entre 1952 y 1956. Judía y nacida en Budapest, escapó de Hungría durante la época de dominio nazi y trabajó de sirvienta camuflada bajo la identidad de Piroska Juhasz, una chica cristiana con quien se intercambió durante meses para poder sobrevivir. Llevaba su ropa y hasta imitaba su forma de hablar. Su padre y sus tíos murieron en Auschwitz, perdidos entre los 550.000 judíos húngaros que fueron exterminados durante la II Guerra Mundial.

Al acabar la guerra, Agnes perfeccionó sus habilidades como gimnasta, que la llevaron a la gloria olímpica, y se desempeñó como violonchelista profesional. Sus últimas medallas le llegaron con 35 años, compitiendo contra rivales aún adolescentes. Tras los Juegos de Melbourne 1956 solicitó asilo político en Australia y más tarde emigró a Israel, donde vivió hasta 2015, cuando volvió a su país de origen ya con 94 años. Fue elegida una de las doce mejores deportistas húngaras de la historia en 2004.

Doñita, está usted fenomenal de lo suyo.

También la guerra marcó la vida de Vera Caslavska, siete veces campeona olímpica entre 1964 y 1968 para un total de once medallas, la última que logró ganar el título absoluto en dos Juegos consecutivos. Nacida en Praga, la checa es recordada por su abultado peinado rubio y por sus innovadores ejercicios, pero también por la dureza de su vida.

En 1968, tras la conocida como Primavera de Praga, la Unión Soviética invadió la entonces Checoslovaquia. Luego de haber firmado el texto antisoviético Manifiesto de las Dos Mil Palabras, con la entrada de los tanques en su ciudad, Vera debió huir a un pueblo perdido en las montañas, a doscientos kilómetros, para preparar los Juegos que iban a celebrarse en México. Practicaba las asimétricas y la barra en las ramas de los árboles, y las piruetas las daba en el campo. Solo unos días antes de la inauguración y sin saber nada de su familia desde hacía meses, su entrenador le consiguió el permiso para viajar. Ganó seis medallas y también el corazón del público con ejercicios interpretados al son de corridos mexicanos como Jarabe Tapatío, Allá en el Rancho Grande o Adelita. En el pódium, recibiendo la medalla de oro en suelo junto a las gimnastas de la URSS, Vera optó por mirar hacia abajo con gesto ausente mientras sonaba el himno del país invasor.

Este gesto ante el himno soviético le valió a Caslavska diez años de ostracismo.

Conocida como “la novia de México” (se casó con su prometido, el también atleta Josef Odlozil en la Catedral Metropolitana durante los Juegos y ante más de cien mil personas), fue detenida en el aeropuerto de Praga nada más aterrizar. Más comprometida que nunca con los ideales de 1968, fue declarada persona non grata por el régimen comunista, condenada al ostracismo y obligada a retirarse. No fue hasta 1979 cuando logró asilarse en el país azteca, donde permaneció hasta 1989, a cambio de que México se comprometiera a mantener sus exportaciones de petróleo con Checoslovaquia. Allí seguía siendo una estrella y llegó a tener su propio programa de televisión. Solo con la llegada de Havel al poder su figura fue reivindicada y llegó a presidir el Comité Olímpico de la República Checa. Aun así, el destino le seguía guardando malos momentos, como la muerte de su marido a manos de su propio hijo. Debió ingresar en un centro psiquiátrico a consecuencia de ello, y tardó años en recuperarse. Falleció tras una larga enfermedad en 2016. La única gimnasta que ha ganado el oro olímpico en los cuatro aparatos acuñó la frase “el espíritu jamás podrá ser doblegado”.

El gesto serio e infantil de Nadia Comaneci escondía una vida de privaciones y sometimiento. Los marcadores dispuestos en los Juegos Olímpicos de Montreal 1976 no estaban preparados para los dieces que recibió, y reflejaron en siete ocasiones el “uno coma cero cero” para estupor general. En la primera de aquellas rutinas perfectas el juez de control debió aclarar con las palmas de sus dos manos que la nota era un diez. Con catorce años acaparó cinco medallas, a las que unió otras cuatro en Moscú 1980. La rumana, grácil y carismática, marcaba un antes y un después con sus ejercicios, que incluían un doble salto mortal en la salida de las paralelas, lo nunca visto.

Obligada a realizar una agotadora gira por Estados Unidos tras su retirada, su tirón era de tal calibre que se negoció la participación de Rumanía en Los Ángeles 1984 a pesar del boicot generalizado de los países satélite de la URSS. No llegó a competir. Nadia quería ser otra persona, pero el régimen de Ceaucescu no se lo permitía. Los duros métodos utilizados por quien la descubrió con apenas seis años, Bela Karolyi, la hicieron objeto de una disciplina militar siendo solo una niña. Hambre, terror, golpes y hasta saqueo de sus ganancias eran minimizados por el gobierno rumano: Nada importaba mientras llegaran los éxitos.

Cuando sus entrenadores se asilaron en Estados Unidos la vigilancia se estrechó sobre Nadia, de quien se dijo que había sido obligada a mantener relaciones con el hijo del dictador. En todas las casas donde residía se instalaba un sistema de micrófonos para espiar sus movimientos, incluso después de su retirada. Una noche de 1989 logró huir de aquel infierno, cruzando la frontera boscosa (y minada) de su país con Hungría. Guiada por un pastor de ovejas, tras cuatro horas caminando por el barro, por fin era libre. El 1 de diciembre se estableció en Estados Unidos, donde malvivió en un hostal hasta que la Federación de Gimnasia de EEUU la encontró y le ofreció alojamiento. El 22 de diciembre caía el régimen comunista de Rumanía. Nadia Comaneci había sido espiada por la policía secreta hasta el día 20. Faltaban ocho años para que naciera Simone Biles.

Ya libre, en diciembre de 1989 el mundo supo que Comaneci hacía mucho que no era una niña.

Comaneci tiene nueve medallas olímpicas, Keleti diez y Caslavska sumó once. Todas quedan lejos de las dieciocho que logró la soviética Larisa Latynina entre 1956 y 1964, quien hasta la llegada del nadador Michael Phelps era la persona con más metales de la historia. Probablemente las hazañas de Latynina sean imposibles para Simone Biles, pero en Tokio 2020 se hubiese acercado a las grandes campeonas de durísima vida de las que hemos hablado. Su abrupta retirada tras el primer ejercicio de la final por equipos no hace más que acrecentar una leyenda, aunque no haya podido incrementar más que con una plata el botín de cinco preseas que atesora desde Río 2016.

La infancia de Simone no fue fácil. Con solo tres años los servicios sociales de Columbus, Ohio, intervinieron para sacarla a ella y a sus tres hermanos del hogar familiar. La madre, alcohólica y drogadicta, perdió su custodia. Sus abuelos la adoptaron tras un tiempo con su padre. Notablemente dotada para saltar, como tantas otras deportistas precoces, era una niña hiperactiva que casi por casualidad, tras una visita de su colegio a un gimnasio, terminó en manos de su primera entrenadora, Aimee Boorman, con quien formó un tándem infalible y forjó el estilo peculiar que la ha llevado a reinar en la gimnasia mundial de forma incotestable… Hasta hace dos días. De forma paralela, Biles estaba siendo víctima de las atrocidades del médico de la selección estadounidense, Larry Nassar, hoy en prisión tras confirmarse el abuso sistemático de cientos de gimnastas americanas. En 2018 Biles se colocó al frente de la campaña que ha derribado a la todopoderosa federación de su país, a la que se ha afeado años de silencio sobre estas conductas. A partir de ese día se ha sumado a todo tipo de movimientos para visibilizar a la población afroamericana y defender los derechos de las mujeres, e hizo campaña a favor del Partido Demócrata.

Y, como en toda peli americana, los hechos suceden a pie de pista.

Para entonces, Biles ya estaba cansada de hacer gimnasia. Al conocer el aplazamiento de los Juegos a consecuencia del COVID-19, se acurrucó en un rincón del World Champions Center, el gimnasio que ha montado junto a su familia en Texas, y lloró de pura impotencia. No quería estar vinculada a la federación de su país más tiempo: “Voy a representar a Estados Unidos y a las chicas negras de todo el mundo, no voy a representar a la Federación de Gimnasia de Estados Unidos”. Es más, dejó de confiar en la firma Nike por cómo trataba a sus empleadas y atletas patrocinadas, para firmar con la marca de ropa femenina Athleta, que habría de esponsorizar su gira postolímpica exclusivamente para mujeres, un nuevo sopapo para la federación americana, que tradicionalmente organiza un largo tour después de los Juegos donde, en esta ocasión, no estará su máxima estrella.

Harta del foco mediático, llegó a decir una semana antes de los Juegos que el momento más feliz de su carrera deportiva era “con sinceridad, tal vez mi tiempo libre”. En marzo reconoció que iba a terapia porque no le apetecía pisar el gimnasio. El “largo trayecto” que para ella han sido los cinco años de preparación de la cita olímpica han terminado de la peor forma posible y en el peor momento, pero probablemente sea el inicio de una nueva era en la que deportistas que no experimentan el placer de competir puedan dejarlo. Como debió hacerlo Nadia en su día. Hasta en eso será precursora, mucho más allá de los muchos elementos que llevan su nombre en el código de puntuación.

Veremos si la campeona logra reunir fuerzas e intenta ganar sus últimas medallas en las cuatro finales por aparatos en que ha entrado. Eso sí, ya ha prometido que intentará participar en Paris 2024 al menos en un ejercicio, sólo para honrar a sus actuales entrenadores, Laurent y Cecile Landi.

“Proteger su salud física y mental” es la explicación fácil. “Pobre niña que no ha soportado la presión” es la explicación facilísima y hasta cutre. La realidad detrás de la retirada en plena competición de una campeona sin más rival que ella misma solo la conoceremos cuando ella misma se explique. Y como esto es Estados Unidos, amigo/a, nos enteraremos.

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