Impostor

Hoy vengo a confesar dos cosas. La primera es que uso este blog para confesar cosas. Obvio. Es probable que mi educación salesiana haya imprimido una necesidad de confesión que, debido a mi actual lejanía de los templos, haya de compensar de alguna manera. Bendito seas, Siempreenmedio.

La segunda confesión es que soy un impostor. No culparé a mis recientes cambios vitales, tanto personales como laborales, de esta sensación de estar usurpando el puesto de alguien que de verdad lo merece, de estar intentando hacer cosas para las que no estoy ni preparado ni destinado ni siquiera entrenado. De rendir siempre poco y mal e ir continuamente escapando. No, no es eso, porque esto viene de lejos. No eres tú, vida que pasa, soy yo. Tampoco pretendo renunciar a mis rutinas al admitirlo. No mientras no aparezca el verdadero titular de mis cuentas, al menos. Pero quería que lo supieran, porque para eso están las confesiones.

Y sí, cuando se popularizó el concepto de Síndrome del Impostor me agarré a él como me agarro al ventilador en julio en Barcelona. Que justo lo que te hace sentir miserable sea el síntoma de que eres lo puto más es agua de coco (para los calvos) en el desierto. También le hice el amor al Efecto Dunning-Kruger, ese que dice que cuanto más sabes de una cosa menos seguro estás de tus conocimientos porque eres más consciente de la complejidad del problema. Esto es mel a sa tita (que diría un amigo menorquín) para los que nos sentimos tontos 23 horas al día. Pero el autodiagnóstico es feo, casi tanto como la automedicación. Dejemos síndromes y efectos para quienes ganan el Nobel de Física o un Mundial de Bádminton mientras sienten un pellizquito en las tripas. El resto de los que sobrevivimos al día a día preguntándonos eternamente “¿Y si…?” bien haríamos en ser más honestos que arrogantes y reconocer que cualquier otro estaría petándolo en nuestro lugar.

En mis tiempos salesianos ahora es cuando me esperaba a que el cura me preguntara si me tocaba (de esto no confesaré nada hoy) y me absolviera. No obligo a nada. Les espero con una cerveza fría y las olimpiadas en la tele. Así sí. Aquí solo se me exige ser espectador y esto, sin coñas, lo bordo.

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