Valores

Aquellas cosas a las que damos importancia constituyen, consciente o inconscientemente, un orden de prioridades que nos permite saber a qué queremos dedicar nuestro tiempo. Es nuestra escala de valores, y determina nuestras elecciones respecto al tipo de cosas que queremos hacer, con quién, dónde y cuándo.

Al principio, esa escala de valores la aprendemos en nuestro entorno familiar, y son aquellas cuestiones a las que dieron importancia nuestros padres, que obedecen a un momento histórico y a sus circunstancias concretas, a aquello que creyeron oportuno inculcarnos de pequeños.  A medida que vamos madurando, esos conceptos iniciales se reafirman o terminan siendo desechados, decisivamente influidos por las primeras relaciones sociales que se entablan fuera del hogar.

Es así. Esa escala de valores procedente de lo que nos enseñaron en casa, o que aprendimos de nuestros primeros vecinos o profesores, seguramente no es la nuestra. Dedicaremos una vida entera a formar nuestra personalidad y a colocar en su orden aquello que apreciamos, lo que nos permitirá clasificar las personas con las que convivimos y las situaciones que se nos presentan. De ahí vienen los malentendidos, las decepciones y hasta los problemas con aquellos cuyo orden de prioridades no coincide con el nuestro. Es más, los valores que hemos asumido como propios, en ocasiones no son más que una serie de convencionalismos que adoptamos para integrarnos socialmente, aunque no nos aporten felicidad o bienestar.

Hasta podemos generarnos conflictos con nosotros mismos al ver que no nos comportamos siempre conforme a los valores que hemos priorizado, tal vez porque los hemos confundido con ideales de vida inalcanzables o fuera de nuestras posibilidades. No son valores, sino ideas teóricamente perfectas que pocas veces conseguimos y que solo existen en nuestra mente.

Nuestros valores son mucho más que ideales: Son la forma real en que establecemos un orden de prioridades en nuestras opiniones, juicios de valor, creencias y, en última instancia, decisiones. Esas decisiones nos acompañarán siempre, porque son consecuencia de las actitudes, roles y comportamientos que hemos asumido. Y esas decisiones serán coherentes en la medida en que se correspondan a aquello a lo que damos importancia en nuestra escala.

Por eso es importante que exista un equilibrio entre lo que queremos, lo que hacemos y hasta el tiempo que le dedicamos. Es la calidad y cantidad de ese tiempo que invertimos en un asunto lo que determina la importancia que damos a algo. Vivir de acuerdo con nuestra escala de valores nos aporta equilibrio y nos acerca a la plenitud que experimenta quien dedica su tiempo a lo que realmente le hace feliz, y vive la vida que quiere vivir.

Los años pasan. La madurez te hace reflexionar acerca de esos valores y la felicidad que te han aportado. Y terminas entendiendo que tu escala de valores no está esculpida en piedra y, por tanto, no es inamovible: Cambia con el paso del tiempo y se va ajustando a tus verdaderas necesidades, lo mismo que evolucionó respecto a lo que en su momento vieron importante tus padres, y cómo cambió respecto a aquellas convenciones que tu entorno pretendió que asumieras como propias. Y que todas las decisiones que has tomado a partir de aquellos valores, lo mismo tuvieron sentido en su momento, pero ya no lo tienen.

Tenemos derecho a evolucionar y a aprender. Es posible que no sea tarde para entender que aquello que en su día ocupaba el primer puesto, hoy está en un lugar secundario, o ni siquiera aparece. Y que todo aquello que deseamos e idealizamos no siempre es lo que nos conviene.

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