El charco

Hace un par de horas me enteré de que he aprobado unas oposiciones; fue en el mismo momento en que constaté que ninguna de las poquísimas plazas en liza sería para mí. El puñado de aspirantes llegados conmigo a meta me supera claramente en la fase de méritos que dirimirá el asunto. Sin embargo, no quería escribir de esto, sino de otra cosa con la que esto se relaciona como añadidura. Me explico.

Hace 10 meses jugaba a pescar budiones en un charco de Tenésera cuando, desde lo alto del risco, varias personas queridas comenzaron a gritar con aspavientos. “¡Te han nombrado!”, alcancé a entender. En tal instante, atisbé la dimensión del asunto: me habían llamado a dar clase, como profesor novato e interino para el curso que acaba de terminar, en una disciplina compleja y diversa que me aterraba por desconocimiento de buena parte de la misma. ¿Y para qué te pones en disponibilidad de ser llamado?, dirán. Por la pandemia. Llegó y desarboló en semanas lo sembrado en un lustro. Entonces me descongelé de unas listas de sustitución en las que llevaba no sé cuánto retenido por propia iniciativa.

Habrá quien piense: vaya, otro profe sin vocación. Se equivoca. Si algo me estimula es la tarea hermosa de la docencia, que realicé con profusión desde la divulgación durante el último lustro en contextos educativos de todo tipo, literalmente: de bachillerato y fp a infantil, de congresos universitarios fuera de estos peñascos a rincones múltiples de la geografía isleña. Y satisfizo, porque asumía que era útil y encima aprendía mucho. Porque tratar de enseñar es la mejor manera de aprender.

En fin, la consecuencia fue que me he pasado los últimos 10 meses en unas aulas a las que llegué entusiasmado y angustiado y de las que he salido entusiasmado y agradecido, atravesado por algunas de las vivencias más intensas de mi vida. Ahora sé todo lo que no sé, pero también algunos modos de saberlo y transmitirlo. Esto último se lo debo a mucha gente que me ha ayudado, que me ha mostrado y recordado que la mejor forma de entender las cosas no es repitiéndolas sin más sino yendo a sus fuentes primigenias. Así todo es más fácil. Hacer algo convencido de que es un método válido reconforta; y alimenta variaciones para hacerlo diferente, a tu manera o, mejor, a la manera de los protagonistas del asunto: el alumnado.

Ay, el alumnado, cuánto me ha enseñado el más de medio centenar de chicos y chicas que, a ciento cincuenta centímetros de distancia y con media cara cubierta, he tenido la suerte de encontrarme este curso sin precedentes. Como dije a algunos de ellos que me hicieron el regalo de apadrinarlos, he visto en sus miradas núcleos irradiadores de ideas, de propuestas, de anhelos e intereses; hemos hablado y nos hemos escuchado, nos hemos contrariado y comprendido, animado y emocionado. Incluso les di consejos que no me pidieron: que, aunque no lo tendrán fácil, aprovechen del mejor modo cualquier posibilidad de interés que se les abra ante sí, que defiendan con valentía su punto de vista, que digan que no saben cuando no sepan y que agradezcan siempre la ayuda a quienes los ayuden.

No lo saben, pero son la principal razón de que, por añadidura, fuera a unas oposiciones aprobadas sin premio para seguir en esa lista; la principal razón de mi afán por conocer todo lo que no sé y la mejor forma de enseñarlo; la principal razón de que este agosto, en un charco de Tenésera, coloque en el anzuelo los chirrimiles machacados con un callao no para jugar a pescar budiones sino para evocar aquellos gritos y aspavientos desde lo alto del risco, que lo cambiaron todo.

Tradiciones de verano (Tenésera), de Pablo Rodríguez Morales

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