Maricón de mierda

“El camino hacia la igualdad todavía no se ha completado. Se tiene que luchar mucho, y no entiendo la violencia hacia las personas que nacen con tendencias sentimentales diferentes. Se están dando grandes pasos hacia el futuro, pero la situación ha de mejorar aún más hacia la igualdad y la serenidad”. Hago mías estas palabras que pronunció la tristemente desaparecida Raffaella Carrá, genial actriz y cantante, al recibir en 2017 un premio por su contribución a la igualdad. Estremece pensar que nos dejó este lunes rumbo a ese lugar al que pertenecen las estrellas, coincidiendo con el fin del Orgullo LGTBI y con un reguero de concentraciones de repulsa hacia el terrible asesinato de Samuel, un gallego de 24 años, al que un grupo de salvajes mató a golpes al grito de “maricón de mierda”. En plena calle. A las tres de la mañana.

72 horas después del salvaje crimen, habiendo sido investigados trece sospechosos, siete de ellos directamente implicados en la agresión mortal, con los testimonios de tres personas, las imágenes de las cámaras ubicadas por la zona, y hasta lo recogido en teléfonos móviles, todavía el delegado del Gobierno en Galicia era capaz de decir que no se podía hablar de un ataque homófobo. Más aún: Hasta pasados tres días no hubo detenidos, pese a que fuentes policiales recogen que “una jauría humana” asesinó vilmente a Samuel y que las grabaciones muestran a una manada de salvajes dándole muerte en un trayecto de 150 metros en los que se levantó y fue abatido hasta tres veces. El primer agresor iba muy bebido y, dicen, pensó que su víctima lo estaba grabando sin su permiso. Ya ves, lo mismo hasta le sirve como atenuante.

Será que esos ataques homófobos siguen dentro del armario. Se abrieron las puertas hace más de cincuenta años para que lentamente fuesen saliendo los prejuicios de una sociedad cateta y reprimida, pero quedaron dentro viejos odios, realidades latentes que siguen apestando a intolerancia. Hieden a represión de los propios sentimientos y siguen asomando cada cierto tiempo para fastidiar una convivencia igualitaria y democrática que pende de un hilo. Sí, los ataques homófobos como el sufrido por Samuel nos recuerdan la fragilidad de estos logros. Cada chiste, cada risita y cada insulto barriobajero hurgan en las mismas heridas de siempre.

Cuando ir al colegio se convierte en una verdadera pesadilla, porque sabes que vas a encontrar en cualquier esquina a los matones que una vez y otra y otra más te tienen que recordar lo maricón que eres, o sale a relucir como coña recurrente en una reunión familiar. Cuando esos insultos y comentarios se reproducen en las aulas, a través de las redes sociales, con pintadas, en los recintos deportivos… Cuando todavía hoy la frase que sigue al nombre de alguien ausente sigue siendo “es bollera”, “es travesti”, “es gay”, como si hubiera algo que aclarar porque distingue a una persona. Mientras sigan manifestándose todas esas maneras ridículas de sobrevalorar una heterosexualidad normativa y rancia que hace mucho que dejó de existir, no lo dudemos, se seguirá asesinando con odio y violencia a homosexuales, o seguirán muchos quitándose la vida. Y habrá que celebrar cada año el Día del Orgullo para refrescar el ejemplo de quienes se echaron a la calle por primera vez en Nueva York a protestar contra un sistema que acosaba, perseguía y torturaba a ciudadanos por su orientación sexual.

Concentración en Santa Cruz de Tenerife

Hemos avanzado muchísimo, y sería tremendamente injusto no reconocer que el ejemplo y la semilla que se ha sembrado desde hace décadas no han dado frutos: Tenemos la suerte de vivir en un país más plural y tolerante, que ha visibilizado y entendido lo que es normal, pero el brutal asesinato de Samuel ha de ser denunciado y condenado. Es preciso recordar que el próximo en morir a patadas y puñetazos puede ser tu hermano, tu compañero de trabajo, tu hijo… Tú mismo. Por eso es tan importante que se sepa que estamos aquí.

Y que hace mucho que no tenemos miedo.

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