El sistema

Soy machista y tengo pruebas. Un ejemplo: último día de las fiestas de mi pueblo hace no mucho tiempo. Tanto alcohol en el cuerpo que ya asoma la resaca, y la intentas combatir con la comida típica de esas fechas: el perrito caliente con todo. No muy lejos dos gañanes adolescentes que comparten contigo atuendo y actitud vital. Una jovencita se encamina hacia nosotros calle abajo y, cuando pasa a nuestro lado, ellos le dedican la gañanada de turno. Ella sonríe. Mi reacción de supuesto “aliade” es mascullar “eso, tú dales alas y verás luego lo que te puede pasar”. Mis acompañantes me llaman la atención por la tremenda machistada. Yo me defiendo. Solo quiero protegerla, digo, ellos son los responsables pero ella no debe reírles las gracias, rebato, tiene mucho que aprender, invento. Me resisto a creer que yo, justo yo, sea un machista. Que es básicamente lo que la mayoría de los machistas se resisten a creer.

Hace poco encontraron el cadáver de Wafaa Sebbah en un pozo de Carcaixent (Valencia). Casi dos años desaparecida hasta que su asesino confesó. Un tiparraco con antecedentes por cabrón que no tuvo mejor idea que encapricharse de la muchacha y decidir que tenía que hacerle caso a él y solo a él. Para ello nada mejor que acosarla hasta la muerte. Al conocer la noticia, Ana Rosa Quintana, la reina de las mañanas, periodista de raza y líder de opinón, tuvo a bien comentar, como quien no quiere la cosa, que Wafaa “era una chica joven con muchas relaciones y eso es problemático siempre”. Seguramente Ana Rosa tenga amigos, como yo, que le hayan amonestado por sus palabras. Y es probable que ella también se haya revuelto contra ellos y haya dejado bien claro que con sus palabras solo quería proteger a las chicas jóvenes, que los agresores son los responsables pero ellas no deben seguirles el juego, que la juventud tiene mucho que aprender de ella. Cómo va a ser ella machista si es una mujer. Una mujer independiente y poderosa, además.

La realidad, Ana Rosa, es que eres nociva. Una machista con altavoz, palmeros y millones de orejas agradecidas. La verdad es que haces daño y cobras por ello. Mucho. Demasiado. Por hacer daño no deberíamos ni pagar. Yo tengo sentimiento de culpa desde hace años. Más que por el comentario fuera de lugar por darme cuenta de que un modo de pensar, una educación, me habían llevado a creer que esas palabras no tenían nada de malo, más bien al contrario. Sentimiento de culpa por constatar lo fácil que se filtra la maldad cuando todo el sistema trabaja a favor. ¿Y tú, AR, tienes sentimiento de culpa? No creo. Tú alimentas el sistema. Creyéndote buena.

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