Cartas, carteles y balas

Cuando escribo esto es viernes, 23 de abril, Día Internacional del Libro, y por tanto una maravillosa excusa para tratar sobre letras, escritores y lectores. Sin embargo, en el televisor que tengo encendido de fondo no se habla de otra cosa que de las amenazas de muerte a tres políticos y representantes de instituciones públicas a través del envío de cartas anónimas con varias balas en su interior.

                Yo, que por costumbre, por hastío y por prudencia, no suelo entrar a trapo en cuestiones políticas, y si abordo estos temas lo hago siempre de puntillas y en clave de humor, haré esta vez una excepción por medio de estas líneas para expresar, de manera clara, mi postura respecto a lo que, lamentablemente se ha convertido en la noticia del día (y de los próximos días hasta que se diluya en el soniquete de la más ferviente actualidad como un terrón de azúcar en una taza de café).

                Para empezar, diré que estoy completamente harto del elevado estado de crispación existente en nuestra sociedad, de la demagogia y el discurso exaltado de los dirigentes de algunos partidos, el tono exacerbado de los contertulios en los programas de debate, del enterado de turno que cree que sienta cátedra en la mesa de al lado del bar o en el asiento de atrás del tranvía, cuando en realidad solo escupen mensajes cargados de ira, de la irreverente verborrea y los bulos que esparcen a diario los trolls y los haters en las redes sociales y, fundamentalmente, de los correligionarios que no tienen dos dedos de frente y reproducen y propagan toda esa basura sin medir su posible repercusión como si fuera una simple gracieta.

                Sin ir más lejos, yo mismo soy testigo a diario en Facebook o en Twitter donde unos a otros se tiran a dar con una agresividad desproporcionada, llegando incluso al insulto solo por no pensar lo mismo que ellos.

                No se trata de no opinar, porque, de hecho creo que una de las mayores grandezas de la democracia es la posibilidad de que uno pueda pensar como quiera y tener la completa libertad de decirlo. Precisamente, yo soy muy de quejarme (aunque en petit comité) y de criticar todo aquello que no me gusta, pero, porque así me educaron, siempre procurando hacer uso de la fina ironía y sin caer en la descalificación soez ni en la casquería barata a la que cada vez recurren más los que no encuentran argumentos para contrarrestar una idea contraria; y es que discrepar no tiene por qué derivar en arremeter contra alguien, porque rebatir no tiene por qué ser sinónimo de agredir y porque ver las cosas de otra manera a la tuya no te convierte en un enemigo.       

                Yo seré un tonto, pero a mí me da mucha pena al ver cómo se ha llegado a este clima de hostilidad, beligerancia y rabia que se ha instalado entre la ciudadanía. A este punto en que una formación política, cuyo nombre omitiré, básicamente por no darle más publicidad de la que inmerecidamente tiene, es capaz de difundir carteles llenos de odio y mentiras contra un colectivo tan desamparado como el de los menores extranjeros no acompañados que han llegado a España huyendo del horror y la miseria de sus países y, lo que es peor, que la justicia no les obligue a retirarlos.

                Por si fuera poco, ese tipo de proclamas furibundas y mezquinas han calado tanto que uno o varios adeptos se han dedicado a enviar amenazas de muerte por vía postal, al modo del más miserable delincuente o grupo terrorista, al ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, la directora de la Guardia Civil, María Gámez, y al exvicepresidente segundo del Gobierno y candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Pablo Iglesias. Entre tanto, la ultraderecha banaliza el suceso y rechaza condenarlo.

                No, definitivamente me niego a que este tipo de episodios se normalicen o se encuadren en el terreno de la anécdota. Aún a riesgo de que me califiquen de alarmista, para mí estos son otros claros síntomas de que la situación se está recrudeciendo y que cada vez se está poniendo en mayor riesgo la pervivencia del estado democrático, sin que nadie haga nada por evitarlo.

                A todas estas, me viene a la memoria un reportaje que vi hace tiempo sobre el golpe militar de 1973 en Chile que acabó con la muerte del presidente Salvador Allende y la subida al poder del dictador y torturador Augusto Pinochet. En él, un anónimo trabajador (creo recordar que de una imprenta) relataba que en el momento que se enteró de la toma del Palacio de la Moneda se encontraba en su hora de descanso en un parque y, preso de la impotencia, no se le ocurrió otra cosa que subirse a un banco y gritar: «¡Mierda, los milicos y la extrema derecha van a acabar con la democracia y yo solo tengo un lápiz!».

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