La noche me crowdfunding

La noche me crowdfunding. Ya lo dijo en un tiempo remoto un librepensador llamado Dinio (¿o no era exactamente así?). El caso es que yo, como él, soy muy dado al error, pero también por la mañana y por la tarde.

No sé si será por la urgencia de estos tiempos, pero nadie está exento de equivocarse (eso lo leí hace poco en un libro de autoayuda en el que se hablan del error como una herramienta extremadamente para el aprendizaje, algo de lo que no estoy muy convencido, pero que al menos consuela).

De hecho, vivimos en un mundo lleno de confusión que, como bien dijo la insigne Giosue Cozzarelli, aspirante a Miss Panamá 2009, es una cosa que «inventó un chino japonés de lo más antiguo». Y a todas estas, me pregunto yo, que por qué tuvo la mala idea de inventarla, con lo a gusto que hoy estaríamos todos en un planeta repleto de lucidez. Igual es que el pobre señor se aburría con tanto acierto y decidió ponerle algo de chispa a la vida.

Como si de un árbol genealógico se tratara, la confusión y el despiste son un singular matrimonio cuya prole son la imprecisión, el gazapo, la errata y el desliz, que nos llevan, de manera cotidiana, a meter la pata. 

Los certámenes de belleza, aparte de ser una oda al machismo, son uno de los ecosistemas más propensos para los patinazos. Creo que todo el mundo recuerda el fallo de Steve Harvey, presentador de la gala de Miss Universo 2015, cuando entregó el cetro a la aspirante de Colombia y a los pocos minutos dijo que se equivocó al leer la papeleta y que la ganadora del concurso era la candidata de Filipinas.

Gala bonita, e igualmente accidentada, fue la de los Oscar de 2017, cuando se montó un tremendo pifostio porque a Warren Beatty y Faye Dunaway que tenían que entregar el premio a la mejor película le dieron un sobre equivocado (¡pobriños míos, que casi les da un infarto a los viejitos!).

Pero no solo en el ámbito del espectáculo campa a sus anchas el desatino, sino que también está presente (demasiado, por cierto) en otros estamentos como el de la política en el que hoy no me detendré mucho (para no darle más publicidad del que ya tiene a todas). Así que aquí me limitaré a recordar el épico lapsus del ¡Viva Honduras! de Federico Trillo, cuando estaba en El Salvador o el discurso de una política autóctona loando la industria de la sal cuando en realidad estaba en un acto cultural en la casa de los Millares Sall. 

 

La prensa es otro de los territorios abonados a la errata. Una de las más recurrentes cada vez que sale el tema entre los miembros del sector en Canarias es la de la romera mayor que en el periódico impreso se transformó en ramera mayor por una gracieta de los duendes jodelones que habitan en las rotativas.

Otro hermoso equívoco fue el del presentador de una de las ediciones del concierto Son Latinos que presentó a la estrella invitada de la noche, la mexicana Paulina Rubio, como Paulina Rivera, versión femenina del nombre del entonces presidente del Gobierno autonómico.

Igualmente en la radio recuerdo un gambazo de campeonato cuando en el punto álgido de la retransmisión de un partido de fútbol del Tenerife, el comentarista dijo que el portero acababa de sacar el balón con la yema de los huevos, en lugar de la yema de los dedos. (que si hubiera sido tal y como lo narró, la parada hubiera sido mucho más acrobática… y dolorosa).  

Por razones obvias, de este gremio conozco muchas más meteduras de pata, pero, digamos que por corporativismo, me callaré los fiascos más grandes (por ahora).

Lo que está claro es que, como reza el dicho, el que tiene boca se equivoca. Sin ir más lejos, a mí mismo, el otro día me preguntaron que cuál había sido la marca del primer teléfono móvil que tuve y respondí que era un Actimel (por Alcatel) y me quedé tan pancho sin comprender a qué venían las repentinas risas de mi interlocutor.

Por su parte, mi vecina me pidió el otro día Sidol para darle lustre al pómulo (pomo) de la puerta. Mucha penita me dio, a la par que me provocó una gran sonrisa, el pobre señor que me contó que se había quedado medio parabólico (en vez de paralítico) por la COVID. Del mismo modo, me inspira una gran ternura cuando una viejita que conozco me cuenta que nunca se pierde el programa Cuarto Milenio de Iker Casillas y otra que cuando va a hacer la lista de la compra, en vez de Caroma para ponerle al café, apunta Conforama (como la tienda de muebles).

Sin embargo, la equivocación más loca que he escuchado últimamente es la de una amiga de mi madre que le aconsejó que fuera a Marilyn Monroe para que viera las casetas de jardín tan bonitas que tenían (cuando realmente se refería a la multinacional francesa del bricolaje Leroy Merlyn). Para mí esta es insuperable. ¿Alguien da más?      

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