Privilegiados

Hace unos días asistí con estupor a cómo, en las redes sociales, gente «currante» insultaba y se burlaba de una trabajadora del Hospital Doce de Octubre de Madrid a la que, al terminar su contrato temporal, ofrecieron otro contrato (temporal) en el nuevo y ¿flamante? hospital Isabel Zendal. El motivo de las burlas, insultos y desprecios eran las quejas de la trabajadora porque ahora tendría que desplazarse a un nuevo puesto de trabajo situado más lejos de su domicilio. Había quien hablaba de «privilegios de los trabajadores», otros decían que merecía quedarse en la calle, otros que se quejaba por gusto. Y yo me preguntaba en qué momento parte de la clase trabajadora comenzó a considerar que tener un trabajo precario, malpagado e inestable es ser un privilegiado.

¿En qué momento dejamos de tener en cuenta que el trato en los hospitales y centros de salud está íntimamente relacionado con la estabilidad de los trabajadores en sus centros de trabajo: celadores, enfermeras, médicos y demás, a los que vemos cada vez que tenemos que acudir, que nos conocen y a los que conocemos?

¿Cuándo dejamos de exigir estabilidad no solo en la duración de los contratos, sino en otras condiciones como el puesto ocupado o el centro en el que trabajas?

¿Cuándo empezamos a normalizar el hecho de que se cambien las condiciones de trabajo abusando de las posiciones de poder y aprovechándose de la fragilidad y el miedo de los trabajadores?

¿Por qué pretender poder compaginar vida laboral y personal evitando desplazamientos mayores de casa al trabajo y del trabajo a casa no nos parece algo, no solo importante, sino necesario y exigible?

¿Por qué nadie se pregunta, en este caso, quién ocupará el puesto que deja esa esa señora en el Doce de Octubre (si es que lo ocupa alguien)? y si este es el caso, ¿por qué no enviar a esta persona al Zendal y dejar a la señora en su puesto?

¿Cuando empezamos a considerar que los desplazamientos forzosos son aceptables?

La lucha de la clase trabajadora incluye la lucha por la estabilidad y el bienestar, no solo laboral, también personal y social. Y cualquiera que considere un privilegiado a alguien con un trabajo inestable y precario y un salario de mierda, forma parte de los opresores, o está tirando piedras contra su propio tejado.

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