La casa

No ha sido un verano feliz. Ninguna estación lo es si te fijas lo suficiente. Pero este verano ha tirado especialmente de angustia. La de los montes de Gran Canaria quemándose sin descanso. Otro incendio de verano más. La de los refugiados rescatados por el Open Arms, más de cien almas esperando que el racismo de alta y baja intensidad les permita, al menos, sobrevivir (los llamo almas conscientemente, porque para muchos seres de luz los únicos negros en el cielo son los angelitos de Machín). El drama de siempre, Europa defendiéndose con sangre ajena de su mala conciencia. Estas angustias y tantas otras que omitiré por querer estar de vacaciones. 

Así que hoy me centro en un dramita. En un problema del primer mundo. En otra constatación de que el orgullo por lo nuestro va siempre por delante de lo nuestro, incluso en contra de lo nuestro. Vamos, que el orgullo no tiene nada que ver con lo que pretende defender.

Soy de una tierra distinta, como todas. Canarias está marcada por la insularidad y, por tanto y entre otras cosas, el aislamiento y la falta de recursos. Cruce de culturas dicen, que es como decir que estamos en medio de todo y de nada, sin saber a qué atenernos ni con qué identificarnos salvo, muchas veces, a la contra. En estas islas, como en todos lados, surgen peculiaridades. Con respecto a la comida también. Cuando yo era niño, y si mi vara de medir es apta, existían en mi isla varios tipos de establecimientos culinarios: los ya conocidos restaurantes (con cierto marchamo de calidad) y bares/cafeterías (para un bocata y salir del paso) más los autóctonos “casas de comidas” y “guachinches”. De las primeras es autóctono (creo) solo el nombre. Un restaurante más barato, de comida casera y por tanto de raíces locales. Los segundos son un fenómeno más complejo: establecimientos de apertura temporal y oportunista que con el objetivo de dar salida a la pequeña o mediana producción de vino del dueño del local presenta dos, tres platos sencillos que acompañan y ayudan al consumo de la bebida. Por tal motivo solo estaban abiertos mientra había vino, en zonas donde se producía vino y en casas de pequeños productores. Eso es el guachinche. Luego, precios bajos mediante, vino la moda y el boom. Y la necesidad de legislar para conservar lo que ya existía (y que los dueños de restaurantes y casas de comidas no sufrieran competencia desleal). Años después, estos años, observo compungido como muchos locales que no son guachinches (ni en espíritu ni por ley) utilizan el vocablo en sus nombres para atraer a la clientela de aquel boom y a los turistas de Google. Observo además, atónito, como muchos tinerfeños no han visitado nunca un guachinche real, solo estos sucedáneos. Compruebo, entristecido, como quienes recurren a este marketing barato son las antiguas casas de comidas. Y será una trampa del lenguaje, pero me parece que renunciar a una “casa” está feo. A una casa de comidas, además, que es lo que transforma una casa en hogar. Intentar convertir mi hogar en un engaño por cuatro perras es algo que veo difícil perdonar.

Afortunada/desgraciadamente tengo cosas más graves por las que angustiarme. Y es que no ha sido un verano feliz.

guachinche
No direction home

 

 

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