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A A.O.C., que engaña a la gente comiendo en platos chicos y conoce el poder reconfortante de la frase “lo entiendo”

¿Cómo iba a ser alguien que nos amó y ya no nos ama otra cosa que no sea un enemigo? ¿Qué me importan los que nunca me amaron? ¿Qué mal podrían hacerme? ¿Qué vieron de mí? Nada más que mi lado de afuera pasando a lo lejos, poniendo caras aprendidas y nunca les di a ver mi cara mía de cuando estoy sola. Pero quienes me amaron y ya no me aman son soldados de mi infierno; me hieren y me flagelan con solo estar por ahí. Su desamor es más fuerte que cualquier odio. Cómo no voy a odiarlos si me vieron y me recibieron y me cobijaron y me salvaron para luego darme la vuelta la cara como a un perro de la calle al que dieron hogar para luego echar al peor invierno.

Bien puedo con el odio, me la sopla y lo aguanto y a quienes me la tienen jurada enseguida los olvido. Me da igual la indiferencia (porque me son indiferentes) pero no puedo desamar a quienes me desamaron porque llegué tarde.

Nunca desaman dos al mismo tiempo, uno desama primero y el otro no tiene más remedio que ofuscarse y enfurecer, que patalear y chillar, que odiar callado y soñar venganzas tontas que resbalarían en nuestros enemigos porque ya no nos aman y no podemos herirlos.

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