Vida de gallinas

Cuando Capo y Nata llegaron a casa yo no sabía nada de su vida anterior pero, durante días, caminaban con las alas pegadas una a la otra, como si nunca hubieran conocido el espacio vital mínimo necesario para convertirse en un único ser. Eran gallinas de las llamadas ponedoras, de esas que ponen un huevo al día y que, por eso mismo, viven mucho menos. Si la esperanza de vida podría ser de diez años, ellas se quedan en la mitad. Estas dos me venían a saludar cada vez que oían mi voz y se colocaban bajo la ventana de la cocina que ahí sabían que algo siempre caía. Hacía mucho que habían dejado de poner huevos, lo que en una granja hubiera significado que no las hubieran dejado vivir más. Estos animales suelen “ser productivos” como mucho tres años, la mayoría a los dos ya son sacrificados, así que Capo y Nata tuvieron una buena prórroga. Nata fue la primera en irse, un día se buscó un huequito bajo un drago y allí se marchó al otro lado. Capo duró bastante más y se decidió a morirse la noche del diez de mayo. A las dos las echo de menos y espero que no me tengan en cuenta si en algo me equivoqué al intentar cuidarlas como se merecían. No mucha gente entiende esta tristeza, sí la conocen, por ejemplo, en el Santuario Gaia o en La vida color de Frambuesa, donde saben lo que es despertarte y encontrarte que un bichito de estos ha partido y te esperará en otro lugar a que vuelvas a echarle un fisco de millo. Hasta siempre mis niñas, gracias por sacarnos tantas sonrisas.

Nata y Capo. ©Perenquen23.
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