Yo también fui de Katovit

-¿Nicotinamida? ¿Prolintano? ¿Qué has estado tomando?

-Mami, eso es del Katovit, las pastillas para estudiar.

-¿Pastillas? ¿Pero qué te has estado metiendo, hija mía, hacen falta pastillas para estudiar?

Sí, yo también fui de la generación del Katovit. Y mi madre encontró un prospecto en mi cajón lleno de dibujitos, a mi vuelta a casa. Realmente no fue tanto el consumo, quizá el último mes de un curso, pero cada vez que escucho ese nombre esbozo una carcajada dondequiera que esté. Ipso facto me viene a la mente una etapa muy divertida de mi vida, ignorante ‘lo más grande’ de lo que me estaba metiendo, pero al final era tan positivo el efecto en las notas… que la ignorancia era fantástica. Era tomarme esas pastillitas amarillas (una por la mañana y otra a mediodía en periodo de exámenes) y no había asignatura que se me resistiera. Luego ya lo dejé, empecé a estudiar en serio.

Estaría yo en segundo de carrera e iba con una amiga a echar los findes a unas aulas externas de alguna facultad de Sevilla, que se convertían en biblios improvisadas cuando llegaba junio y las hordas de estudiantes hacíamos cola para coger sitio. A saber quién nos habló de ese “complejo vitamínico”; siempre pensé que era una ayudita contra el cansancio (qué ilusa, que ni leía prospectos).

Pues les decía que iba a estudiar con una amiga; ella cursaba Económicas y yo, Periodismo. Y en realidad no fue tanto el tiempo en que nos tragamos aquello religiosamente cada día, pero los recuerdos del pasado se magnifican y piensa una que se pasó toda la carrera drogada con anfetas amarillas para ancianos (eso lo he sabido esta semana con esta información sobre la Generación del Katovit).

Vamos, que el clorhidrato de prolintano era mágico; te permitía tragarte los temas de cada asignatura como quien come cacahuetes, y lo asimilabas en un plis plas, no tenías luego acidez de estómago. Nos vendían las cajas en las farmacias, apenas 200 pesetas por 20 grageas, y ahora me estoy enterando de que supuestamente se requería receta médica; nunca me la pidieron.

Fue tal la moda, que los laboratorios Fher, sus fabricantes, dejaron de hacerlo en 2001 por la mala imagen que estaban dando, imagen de suministradores de anfetaminas legales para los estudiantes (un poco feo, la verdad), y no era esa la reputación que querían ni el objetivo inicial del medicamento.

Ese psicofármaco, por suerte, no tuvo grandes efectos secundarios en mí, puede que al terminar los exámenes siguiera como una moto durante algunas semanas, alguna que otra taquicardia, así que aproveché para salir de marcha, aunque las sobadas después daban miedo.

Mientras, aquel verano lo recordaré porque no solo aprobé todo en junio y con buenas notas, sino por la desborregante carta que me envió mi amiga, ella aún en exámenes, en la que me incluía el prospecto del Katovit comentado. “Naima, ¡nos hemos estado drogando!”

No he podido dejar de reírme desde entonces.

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