Y ahora tú me lo cuentas todo

Le decía hace unos días a un amigo que, a la hora de dormir, mis hijos tienen la costumbre de espetarme: “Cuéntanos algo que te haya pasado en tu vida”. Así, a saco. Como me cuesta decir no, les he contado una miscelánea de lo que buenamente me va viniendo a la cabeza en cada momento. Si su madre se enterase de algunos detalles, me llevaría una buena reprimenda. A ellos les encanta.

Y siempre, siempre, el final es, debe ser, divertido. Reconozco que también suelo tirar de historietas que me han contado, como las mil y una anécdotas del paisanaje de aquí y allá que tanto me gustan (y cuya inmensa mayoría es apócrifa, como la de aquel lugareño que distinguía entre peatones y personas), y que hemos acabado haciendo propias.

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(Pixabay)

Tenemos incluso una saga que, estoy seguro, lo petaría en las librerías, aunque también estoy seguro de que alguna entidad biempensante me llevaría ante algún estrado, ya que indefectiblemente cada uno de sus episodios tiene que acabar con un par de hostias amorosas, que a su vez yo debo repartir in situ a mis escuchantes. De hecho, cada relato es una mera excusa para el juego emocionante de saber en qué momento surgen los sopapos y, con ellos, las risotadas, las colchas por el aire y el punto final.

Acabo de encontrarme en las trastienda del disco duro de mi ordenador con un cuento escolar de Navidad que escribí al dictado de uno de mis hijos hace algunos años. Recordé que la condición que impuse era que yo no iba a añadir ni una coma, que el cuento lo habría de inventar él solo. El inicio que nos llegó del cole era este: “Algo extraordinario estaba a punto de ocurrir…”. Acto seguido el infante autor dijo (y yo escribí): “Y apareció un árbol de Navidad. Y una guitarra; apareció también una estantería de libros (sólo es un sueño), una tele donde se ven dibujitos, un móvil donde se juega, una mesa y un cuento, una almohada y una foto. Y unos  Reyes Magos. Les dejaron regalos a los niños, sí”.

Más abajo tenía escrito: “Y ya terminó. Y ahora tú me lo cuentas todo”. Pues eso, ¿a quién no le gusta que nos lo cuenten todo?

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