Gabriel, el odio, los perros

Amores a mares es una foto de https://www.instagram.com/plasenciamonica/

Ayer encontraron al pequeño Gabriel. Había desaparecido desde hace doce días. La policía abrió el maletero del coche de alguien de su familia y allí dentro estaba su cuerpecito sin vida. ¿Qué habrá pasado por la cabeza de quien lo metió allí? ¿cuáles serían las razones para que alguien pudiera apagar esa luz sin piedad ni contemplación? Es muy difícil contestar a estas y otras preguntas parecidas. Lo que sí salta a la vista es que el asesinato de un niño no puede ser algo sano: llegar a infligir dolor, muerte, solo puede obedecer a un cortocircuito brutal y devastador que resulta muy complicado de entender y justificar.

Supongo que el odio será una de las corrientes eléctricas que impulsan estos actos, los de la violencia, los de repartir dolor, los de castigar hasta la muerte.

El odio, ese rescoldo que nos conecta con los seres ancestrales que fuimos. El odio que aflora de los instintos más perversos.

La esencia de ese odio es la misma que la de cualquier otra manifestación de odio. La misma.

Los actos de odio, de rabia entendida como la enfermedad que afecta a los animales y los convierte en verdugos implacables de todo lo que está a su alrededor, no se pueden enmendar con nada más que con amor y compasión. Lo siento, pero así lo creo.

 

Los perros atraviesan la ciudad
de arriba abajo. Atemorizan
con ladridos de advertencia
y bufidos de amenaza.

Los perros corren por las calles
aún húmedas de la noche
mordiendo la paciencia
de todo lo que encuentran.

¿Cuántas horas llevan
merodeando mi puerta?
Han desmembrado a sus hijos
a fuerza de dentelladas
secas y precisas,
sin piedad ni vergüenza,
y aun tienen más hambre.

Responden a la disciplina
impuesta tras tantos años
de aprendizaje.

Marcan su territorio
en las calles sembradas
de manos y lenguas amputadas
que florecen por las esquinas,
hasta el nuevo paso de la jauría.

Insaciables
los perros se estampan
contra el cristal
de las ventanas
abiertas por la mitad.

Y restriegan sus encías
rosas por los visillos.
No atienden a las voces
de los amos, ni a los quejidos
de los niños que huyen
subiéndose a los árboles.

Los perros devoran todo
a su paso. Dejan un paisaje
desolado y triste.

Cuando pasa la marabunta,
cuando el viento se atreve
a soplar por las calles vacías,
las inmundicias se convierten
en caracoles que trepan
por los tallos de las palmeras.

Hasta que, en un silencio
imprevisto, se escucha
a lo lejos un ladrido,
pasos cautelosos,
pero rápidos, de los perros.

Es cuando empezamos a llorar
de nuevo.

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