Causas y consecuencias

Creo que la primera vez que fui realmente consciente de que el mundo en el que vivía era machista fue cuando, al quedarme embarazada, pensé que prefería tener un varón porque lo iba a tener mucho más fácil en la vida. Digamos que ese fue el momento de epifanía, fruto de muchas experiencias previas.

Me crié con dos hermanos, en un mundo en el que el único referente femenino cercano era mi madre, y puedo decir que mi educación no estuvo excesivamente marcada por el machismo, dada mi edad. Recuerdo a mi padre haciéndose cargo de las tareas de casa sin ningún problema, por ejemplo, algo insólito para la época. Tuve las mismas oportunidades que mis hermanos en cuanto a estudios y se me inculcaron los mismos valores en lo referente a derechos y deberes globales.

Ahora bien (sí, tenía que aparecer el ahora bien) estaba claro desde el principio que no éramos iguales, porque mis padres habían bebido de dos fuentes muy machistas: sus madres (y hablo de sus madres porque entiendo que era el patrón femenino que contemplaban, sus padres doy por hecho que también lo eran, claro). La de uno se lamentaba cuando su hijo, al que había criado tan bien, cogía una escoba o cocinaba y la otra tenía claro que las camas (¡ay, las camas!) y las tareas de casa me tocaban a mí y no a mis hermanos, por poner dos ejemplos simples. Dos mujeres, por otra parte, guerreras, sufridas, que tuvieron que enfrentarse a lo largo de sus vidas a situaciones muy duras cuyos maridos no tengo claro que hubiesen sabido solventar igual de bien. Dos mujeres, en definitiva, que no concebían que su papel fuera otro que el que jugaron.

Luego la vida me fue llevando a colegios femeninos de monjas, en los que ese rol de compañera devota se fomentó o a empresas en las que la cúspide de la pirámide directiva estuvo ocupada siempre por hombres, siempre. Hombres que no contemplaron nunca la posibilidad de que mujeres muy valiosas ocupasen siquiera cargos directivos secundarios.

Me encontré de frente con la brecha salarial, cobrando menos que compañeros que hacían el mismo trabajo que compañeras que en muchas ocasiones lo hacían mejor. Me encontré con las dificultades de hacer compatible mi vida laboral y familiar, hasta el punto de tener que cambiar de trabajo porque me resultaba imposible y me encontré con acoso sexual y laboral.

Por eso estos días en los que he comprobado con emoción que las mujeres han salido a las calles para decir que están ahí, que lo que está pasando es insostenible y que exigen cambios inmediatos he ratificado que hoy, más que nunca, el feminismo está presente y que no ser feminista es querer un mundo injusto y desigual. Y yo no quiero que el varón que finalmente tuve contribuya a un mundo así, por eso procuro, cada día, que sea feminista.

 

 

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Un comentario

  1. Yo quise un varón porque me parecía un reto muy atractivo la oportunidad de educar a un hombre del siglo XXI. Luego fue una niña y también me preocupa su vulnerabilidad como mujer. La estoy educando para ser una guerrera pacífica, o sea, para no tener rencor pero tampoco dejar pasar ni una. A ver cómo sale. ¡Suerte!

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