Hice las paces con la Nochebuena

Dicen que la mente humana tiene un mecanismo que le permite olvidar relativamente pronto las vivencias negativas cuando se trata, entre otros otros asuntos, de la maternidad. Si no, imaginen ustedes, probablemente nuestra raza se habría extinguido si las mujeres no hubiéramos olvidado el momento del parto, volviendo en muchos casos a tener un segundo hijo.

Y mi mente, si no ha olvidado, al menos sí se ha reconciliado con la vivencia que tuve hace dos Nochebuenas, la peor de mi vida, sentada de madrugada en la escalera de mi casa, con una niña de cuatro meses en brazos que llevaba tres horas llorando, un llanto al que me sumé de manera desesperada.

Superadas aquellas terribles horas en que nada ni nadie la calmaba, cuando se hizo la luz anuncié a viva voz que no iría a comer por Navidad a casa de nadie, que solo quería enterrarme bajo las sábanas de mi cama, sola y sin ningún ser inferior a mi edad a un kilómetro a la redonda. Imaginen el cisma familiar: mis padres pensaron que almorzarían sin mí, pero les dije que a cambio les enviaba a sus nietas y a su padre, que pusieran un muñeco de trapo en mi sitio si les impactaba mucho la imagen de la silla vacía.

Mucho drama, pensarán, pero fue así, tal cual lo cuento. Por suerte —o igual por acojone al ver mi cara—, el padre de las criaturas, agarró por banda a aquellas dos elementas de cuatro meses, cerró la puerta de nuestra habitación y durante casi tres horas logré sumergirme en un sueño reparador que me recordó que otra vida era posible. Entonces fui capaz de levantarme e ir a almorzar con la familia el 25 de diciembre.

730 días después, que se dice pronto, por fin creo haber hecho las paces con la Nochebuena, pude cenar tranquilamente en buena compañía, tan solo recogiendo tenedores, trozos de comida y servilletas del suelo una docena de veces, pero lo hice con alegría, sin llanto ensordecedor y pensando que aquella experiencia será la única y que no volveré a experimentarla nunca más. Lo juro. Amén.

*A la niña que lloraba como si no hubiera un mañana no le pasaba nada, absolutamente nada. Y ayer, tan pancha, muerta de la risa tirando las cosas de la mesa, me trajo al recuerdo, ya sin angustia, aquella escena de drama griego en las escaleras de mi casa. Mi cara de aquella Nochebuena pudo ser algo así como la imagen de este post, llanto de telenovela… desgarrador, sentido, auténtico…

 

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