La casa sin barrer

La duración de una legislatura en España (si las cosas van bien y no hay que repetir elecciones) es de 4 años. Lo mismo ocurre en países tan diversos como Alemania, Estados Unidos, Ecuador, Argentina, Dinamarca, Suecia o Costa Rica. Cinco años transcurren entre gobierno y gobierno en Francia, Italia, Reino Unido, Sudáfrica, Panamá, Georgia o Rumanía. Uno más, seis, en México, Austria o Rusia. Australia parece ir por libre en el mundo en estos temas electorales y cada tres años renueva Parlamento y Senado.

Y eso en los países democráticos de verdad. Robert Mugabe “renunció” a la presidencia de Zimbabwe después de 37 años “ganando” elección tras elección. En el mismo plan lleva 23 años Aleksandr Lukashenko en Bielorrusia. Y con las cosas claras en cuanto a lo inútil del postureo electoral tenemos las dinastías Abdelaziz en Arabia Saudita (85 años llevan), Kim en Corea del Norte (69 años) u Obiang-Nguema en Guinea Ecuatorial (49).

Volviendo a la democracia, incluso el saneamiento periódico del polvo de las cámaras tiene sus contras. Ponte tú a organizar elecciones. A disolver el parlamento y convocarlas. A preparar campañas y ponerlas en marcha. Hoy en Avilés, mañana en Murcia. Abrazando gente, besando niños, prometiendo cosas (ojo, solo las que convengan). Y con el gobierno, entre promesas y escasez de tiempo, manga por hombro durante unos meses. Luego, tras las votaciones, que si acuerdos con unos, consensos con otros, peleas con todos, consulta del estado general de las cosas y de la inoportunidad real de las promesas. Todo vuelve a empezar cada tanto. Y no siempre de manera rápida. Y rara vez para mejor.

¿Por qué digo esto?

El pasado 28 de junio se publicó en la prestigiosísima revista científica Nature una carta firmada por Christiana Figueres, antropóloga y economista costarricense que ejerce como secretaria de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y otros cinco destacados científicos y diplomáticos. En ella se establece (con cierto optimismo por mí no compartido) que tenemos solo tres años, hasta el 2020, para ponernos serios con el cambio climático o entonces sí que no habrá marcha atrás. Sólo tres años para activarse y cumplir con los compromisos que se adquirieron en París en 2015, que ya revisaban a la baja (porque, para qué engañarnos, eran duritos) los adquiridos en Kyoto en 1997  pero que no se ratificaron hasta 2005 (y muchas veces solo de palabra y no por todos los países). Tenemos tres años, todavía tres años dicen ellos, solo tres años digo yo, para ponernos serios. Ahora sí. Venga, va. Esta vez de verdad.

Pues encaja tú esto con el calendario electoral. Mira, chico, pues me viene mal.

Porque los que toman las decisiones sobre la comida que (no) vamos a comer y el agua que (no) vamos a beber y el frío que (no) vamos a pasar y la tierra firme que (no) podremos conservar, están siempre liados con otras cosas (cuando no enfrentados directamente al asunto).

Yo, porque soy un poco gilipollas y demasiado viejo para cambiar los hábitos, seguiré comportándome con el planeta y votando a aquellos que, al menos, manifiestan su intención de hacer lo mismo. Sé que a veces los científicos se equivocan, pero también que si mis ojos no ven el fin de nuestra civilización será por el canto de un duro.

Nature
Que tenemos que darnos prisa, dicen. Que hay tiempo de ponerse en serio, dicen. Pero que hay que ponerse.

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