Engaños

Tengo una broma con algunas amigas que ha derivado en una frase que uso en bastantes situaciones pero que también escucho decir a muchas mujeres. Hablamos de cómo nos hemos dejado engañar, creyendo que podríamos tenerlo todo, llegar a todo, hacer de todo, bien y sin renuncias, cuando lo que hemos conseguido de verdad es cargarnos de responsabilidades y de culpas. En mi caso, la realidad me ha ido mostrando que ese todo suele consistir en mantener un equilibrio entre resolver lo urgente, atender lo importante y recordar qué es lo prioritario, tratando al mismo tiempo de que lo accesorio no me robe demasiado tiempo y energía. La renuncia, que nadie me pide pero que yo me exijo, casi siempre viene del mismo lado: el mío.

Normalmente, en un engaño hay lo que se denomina cooperadores necesarios. Hay quienes lo saben y se callan y también hay quienes lo propician y lo mantienen. Tengo una compañera de trabajo con tres niños y el marido desempleado. El pequeño no llega a los dos años y los mayores tienen 8 y 10. Le han puesto un horario laboral que le impide estar con sus hijos durante el día porque cuando salen del colegio a ella aún le quedan horas para llegar a casa y suele encontrarlos ya dormidos. No puede preguntarles cómo ha ido el día ni comprobar cómo han hecho sus tareas, no sabe qué o cuánto han comido ni ha podido recordarles que se laven los dientes o leerles algo antes de dormir. En suma, no puede ejercer porque no la dejan.

Cuando mi compañera planteó a su jefe la posibilidad de entrar antes para poder salir algo más temprano la respuesta fue una negativa, no por la organización del trabajo, a la que no afecta el cambio, sino porque “si te lo permito a ti, tendré que permitírselo a las demás”. Sin duda, un argumento de peso, muy razonado… Un insulto es lo que me parece a mí, una falta de respeto. Así que mi compañera, la del marido desempleado, tiene que tragar saliva y dar las gracias porque, por suerte, ella sí tiene trabajo.

A veces, los que se benefician del engaño se confunden y desvelan cuáles son sus verdaderos pensamientos, ocultos tras una apariencia de lo políticamente correcto. Ayer veía en la tele un programa sobre las camareras de piso y sus condiciones laborales. En un momento dado se presentaba, como excepción, a dos hombres que realizaban este trabajo y le preguntaban al empresario si estaba contento con ellos. La respuesta que dio fue que sí, que trabajaban muy bien, y que le venían incluso mejor que las mujeres porque ellos no tenían “el problema de los hijos”.

 

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