Crisis, oportunidades, aprendizajes, despedidas

“Tranquila que ya me voy, señora, tranquila que me voy ahora mismo”.
Fado Alejandrino, António Lobo Antunes

Trabajar en la azotea tenía cierto encanto. Levantarse de la silla y bajar a las aulas tenía mucho encanto. Cruzar por los pasillos y saludar a los chicos y las chicas, agobiados por las clases, ilusionados con sus proyectos, tristes con sus notas, felices con sus aprendizajes o atemorizados por los apercibimientos. Eso tenía un valor que no puedo calcular. Notar que tu presencia allí aportaba algo al aprendizaje (suyo y mío) tenía mucho encanto.

Por lo demás, un trabajo es un trabajo: una silla, una mesa, un ordenador, una hoja de excel, miles de reuniones, miles de objetivos por cumplir, de sonrisas obligadas por sonreír, de asentimientos por asentir, de maldiciones por maldecir. Y así día tras día, porque por encima de todo estaba bajar a clase y decir buenos días estudiantes, y al final de las dos, de las tres horas que durara la sesión, preguntarles si habíamos aprendido algo. “¿Hemos aprendido algo?” ellos: “a veces sí, a veces no”. A veces, “es que profe #loslunesmeduermo”, y otras veces “sí, porque #sinmusascreas cosas”, “porque la publicidad es un arte urgente que no espera por nadie”, y menos por las musas.

Y el día que te dicen como en ese Reality Show, “coge tus cosas y vete”, “no vengas más”, y no te explican por qué, o sí pero no se lo cree nadie ese porqué, pasan por la cabeza muchas cosas, muchas personas, muchos proyectos inacabados, otros ni si quiera empezados, muchas declaraciones de cultura empresarial, de misión, visión y valores, de one team y más rollos en inglés (porque así son más importantes). Pero sobre todo, uno se pregunta si es verdad que hasta ese día uno lo ha hecho todo mal, y por eso esa mañana te dan un papel y te dicen “en un par de horas entrega tu teléfono y tu ordenador y tus papeles y tus ilusiones, las necesitará otro”.

Luego, en la soledad privada de la intimidad, uno recibe mensajes [muchos]. Y en uno de ellos, como un boomerang que lanzó una vez en las clases, aquella pregunta: “¿hemos aprendido algo?”

Y tengo la respuesta: Vaya que sí. Vaya que sí he aprendido.

(Gracias a los que han sido mis alumnos, a mis compañeros profesores, gracias a mis compañeros de administración universitaria y como no gracias al personal de operaciones y de limpieza de mi antiguo trabajo, sin ellos, sin lo que he aprendido de ellos, hoy esto sería una gran crisis, y resulta que creo que es una gran oportunidad) [Le pese a quien le pese].

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