La amenaza del ofendido

No sé si han sentido, yo cada vez más, esa impresión de que escribas lo que escribas vas a molestar a alguien, de que opines lo que opines siempre habrá alguna persona que lo interprete con otro sentido y acabe armando un pifostio de cualquier memez. Siento la amenaza del ofendido acechando en cada rincón, en cualquier momento del día, esperando a que digas blanco para saltarte al cuello porque has maltratado al negro.  Gente amargada, aburrida, acomplejada, que se esconde detrás de un teclado y una pantalla para decir los disparates más inverosímiles en la primera ocasión que se les presenta. Individuos que buscan tres pies al gato, retorcidos, rebuscados, hipócritas, infelices que ni comen ni dejan comer. Que opinan sin terminar de leer, que insultan porque no son capaces de reflexionar, sujetos cuya única misión en la vida es esperar a ser ofendidos para largar sin control todo tipo de despropósitos, cualquier excusa es buena.

Ya no se pueden contar chistes, todos los anuncios son ofensivos, los criticados prejuicios resurgen en las bocas de los intolerantes y las odiadas etiquetas están siendo más utilizadas que nunca. Esta ‘libertad de expresión’ en la que todo el mundo se cree con derecho a decir lo que le venga en gana en cualquier contexto, por cualquier razón y de la manera que se les antoje,  convierte la libertad en libertinaje, en un vicio indecente que coarta, limita y obliga a una disculpa constante hasta llegar a la ridiculez más absoluta.

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