Bichos

Susanne Nilsson @ Flickr.com (CC BY 2.0)
Susanne Nilsson @ Flickr.com (CC BY 2.0)

Mi culo inquieto anduvo posado estos últimos días en un taller de agricultura. El tutor fue Jairo Restrepo, que además de uno de los seres más energéticos y apasionados que he conocido nunca es también el padre de la llamada agricultura orgánica.

No me voy a entretener en explicar sus teorías (para eso ya tienen su poética web lamierdadevaca.com), pero muy por encima la suya sería una corriente opuesta al uso de pesticidas, crítica con algunas prácticas de la agricultura ecológica y muy basada en la fertilización que emana de determinados orificios animales. Es un espectáculo ver a este león próximo a jubilarse desmontando una huerta a golpe de azada. Soltando improperios mitad colombianos y mitad brasileiros. Sudando a chorros pero sin dejar de brincar ni de perder el entusiasmo.

En cualquier caso, no les voy a hablar de Jairo, sino del par de reflexiones a las que me ha movido su taller. La primera es sobre la vida invisible, en la que estamos sumergidos y a la que sin embargo nuestra cotidianidad niega de forma enfática. Millones de bacterias, protozoos, hongos, levaduras y actinomicetos pueblan cada centímetro cúbico de nuestros suelos, sin que nuestra egolatría acierte a tenerlos en cuenta. El milagro de la descomposición (lo que evita que un bosque caducifolio se ahogue de hojas) se explica por la incansable actividad de estas legiones, que devuelven la materia muerta al reino mineral. Y digo más: según algunos estudios cada uno de nosotros carga con algo más de un kilo de estos inquilinos inapreciables. Solo considerando a los que colonizan nuestro aparato digestivo, ya pesan más que nuestros infatuados cerebros.

La segunda reflexión, algo contradictoria y sin embargo a la vez cercana a la primera, es lo lejos que está nuestra ciencia o por lo menos nuestra ciencia agrícola de dominar a la naturaleza. Cada uno de los paradigmas de la agricultura convencional se basa en burdas simplificacies de los procesos biológicos. La mejor manera que concebimos de sacar comida de la tierra es atiborrarla con tres macronutrientes básicos, lo que nos libera de estudiar las cuasi infinitas interacciones que se establecen entre el suelo, las plantas y el clima. Son tantas las variables y tan grande es la complejidad del sistema que la mejor manera que hemos encontrado de enfrentarlo es matar moscas a cañonazos.

Yo solo soy un neohippy medio urbanófilo y converso, acaso temporalmente embriagado de bucolismo. Pero les garantizo que, al menos durante una temporada, cuando me arrodille para arrancar hierba alargaré un poco más de la cuenta la genuflexión. Porque en los pocos meses que llevo ensuciándome las uñas ya he aprendido a sacralizar el olor a tierra mojada. Tanto como en la infancia me enseñaron a venerar el aroma a incienso.

 

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