Barrio

Soy una chicharrera renegada, lo reconozco. Yo, que nací en la Rambla y pasé mis primeros seis años no más allá de la piscina municipal, debo decir que por debajo de la Cruz de Piedra me dan calores. Por eso imagino que en mi caso aquel dicho de ‘si no quieres arroz toma dos tazas’ viene al pelo, sobre todo en los últimos meses en los que circunstancias laborales me han llevado, y me seguirán llevando si todo sigue igual, al barrio de El Toscal tres días por semana.

Porque si Santa Cruz no es santo de mi devoción El Toscal lo ha sido menos aún, lo confieso. Mis breves visitas me llevaban a encontrarme un barrio descuidado (conscientemente descuidado por parte de las autoridades me temo, no quiero pensar con qué oscuro fin lucrativo) cuando no medio en ruinas, sucio, agobiante, fruto de un caótico urbanismo que hacía desagradable recorrerlo. Lo mío tiene un plus de delito puesto que mi familia, tanto materna como paterna, procede de El Toscal y mis primeros años de vida los pasé allí. Las calles de La Luna o de San Francisco fueron testigos de mi infancia y aún tengo familia que no concibe vivir en otro sitio.

Mis paseos obligados por el barrio me han llevado a descubrir (o quizá a redescubrir sin ser consciente) rincones que no me eran ajenos y que he contemplado con emoción y añoranza. La casa de mis abuelos en la calle San Francisco aún está en pie aunque abandonada, y supongo que todavía tiene el patio de luces, el laboratorio que mi abuela construyó en la azotea para mi padre y que él hizo caer un par de veces con sus experimentos de químico novato o la cocina en la que se hacían los churros de pescado más ricos del mundo mundial.

La casa en la que creció mi madre, en la calle de La Luna, está ocupada ahora por la sede central de una entidad bancaria de cuyo nombre no quiero o no puedo acordarme porque ha cambiado un par de veces en los últimos años, pero soy capaz de recorrer en mi cabeza gran parte de su estructura. Si cierro los ojos veo a mi bisabuela tomando fresco sentada en la entrada y visualizo un pasillo que tenía que atravesar (con miedo, no sabría decir la causa) para llegar al baño. Una casa en la que vivían varias generaciones, varias familias, porque las circunstancias no permitían otra cosa, una situación que propició no pocas historias que aún me cuentan mis tías para mi deleite.

Los paseos por El Toscal me han llevado a las ciudadelas de las que mi madre y mi abuela me hablaban y que aún existen, algunas de las cuales, para mi alegría, se han restaurado, o a La Flor de Alicante, tristemente cerrada, en la que se hacía la mejor horchata y los mejores polos que he probado.

Pero si hay algo que me ha reconciliado con el barrio en el que mis padres se conocieron y se casaron ha sido ese ambiente familiar que aún existe. Que la gente se salude, que pregunte por la familia o la salud o que se ofrezca a echarte una mano sin conocerte de nada me ayuda a entender por qué la gente de El Toscal es especial y por qué cada día me siento mejor allí.

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