El armario

m01229 @ Flickr.com (CC BY 2.0)
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Para averiguar si su mujer tenía un amante, pidió un día libre de junio e invirtió aquella mañana en vaciar su mitad del armario. Las camisas de vestir estaban ordenadas por colores, así que primero quitó las blancas, luego las azules, las verdes y por fin las de rayas finas. Las dobló meticulosamente una por una y las apiló en una esquina libre del canapé.

La hilera de cajones de la parte baja ocupaba todo el ancho del espacio, así que encontrar un acurrucamiento cómodo le llevó otra hora larga de ensayos. Lo más complicado no fue encajarse dentro sino cerrar la puerta, que por el interior era completamente lisa. Para lograrlo tuvo que volver a salir, bajar al garaje y escarbar en el equipo de pesca hasta encontrar un carrete de nylon más o menos transparente. Cortó más o menos un metro, volvió al armario, enlazó el pomo de la puerta desde dentro y tiró del sedal hasta que por fin la oscuridad se hizo total.

Tal y como sospechaba, su mujer y su amante se aprovechaban de su jornada continua para follar como animales durante la pausa del almuerzo. Entre golpe y golpe del cabecero identificó incluso al culpable de los cuernos. Era aquel tipo insulso y desgarbado del equipo de contabilidad, al que había conocido durante el último cumpleaños de su hijo pequeño. “Mi Victorín es muy amigo de tu crío” dijo entonces para justificar su presencia en la fiesta. El muy cabrón. Era la misma voz, solo que entrecortada por los gemidos.

Aquella fue la última pieza de un puzzle que había empezado a armar desde las Navidades. Una acumulación de gestos, detalles, excusas y desdenes que se fueron haciendo más obvios con cada semana transcurrida. Por Semana Santa ya no le quedaban dudas en las que refugiarse.

Si aquel día de verano le cambió la vida no fue, por tanto, porque acabase de finiquitar su matrimonio. Si lo hizo fue por el enorme alivio que le sobrevino en aquella oscuridad aromática, preñada de resinas y de lavandas. Cuando aquel día salió del armario, dejando lívidos a su mujer y al contable, nunca más volvió a entrar.

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