Los viejos (y IV): No me guarden sitio

zeevveez @ Flickr.com (CC BY 2.0)
zeevveez @ Flickr.com (CC BY 2.0)

Hasta aquel momento, había sido una buena jornada. Así que, pertrechado con la mejor de mis sonrisas, me planté ante el celador de la recepción:

Buenas. Es que, verá, estoy colaborando en un estudio sobre los usos tradicionales de las plantas. Pasaba por aquí porque acabo de hacer una entrevista a una vecina y me preguntaba si podría hablar también con alguno de sus usuarios.

Espere que lo consulto.

Pocos minutos después, y tras la correspondiente llamada telefónica, se presentó allí una mujer joven, enfundada en una chaqueta de cuero con remaches metálicos.

Hola. Soy la trabajadora social del centro.

Hola. Le explicaba a su compañero que bla, bla, bla.

Pues no creo que sea posible.

¿Por qué?

Porque aquí hay muchas personas dependientes. Que están muy deterioradas.

Obviamente a esas personas no las puedo entrevistar. Me refiero al resto.

Todas están más o menos igual.

Pero esto es enorme. ¿Me está diciendo que de los 140 residentes no hay ninguno que pueda mantener una conversación?

Bueno, no. Es que eso… Es que lo que usted quiere hacer aquí sería un problema.

Ah, vale, entiendo. No se preocupe, que no aspiro a crearlos. Que tenga un buen día.

Buenos días.

Por fortuna debo decir que aquella no fue mi única experiencia con los centros de mayores. En Artenara, por ejemplo, era obvio que las trabajadoras exudaban un cariño y un respeto inmensos. Jamás me pusieron ningún obstáculo ni me percibieron como un alborotador en potencia. Es más, tampoco dudo de que aquella instalación en concreto no esté atendida por profesionales excelentes, que hacen todo lo que pueden con los medios de los que disponen.

Ahora bien, pongamos las cosas claras: hablar nunca debería ser un problema. Máxime cuando la respuesta hubiera sido otra si en vez de presentarme por ventanilla lo hubiera hecho por escrito, de la mano de una consultora bien apadrinada y adjuntando un proyecto de seis cifras encabezado con un título elegante. Tal vez Talleres de memoria. O La entrevista como herramienta de estimulación del hipocampo.

Algo estamos haciendo mal cuando el objetivo de algunos de estos centros es, simplemente, dejar que pase el tiempo. Formar un plácido círculo de sillas de ruedas, enchufar a Mozar al hilo musical, sintonizar Telecinco en la salita de audiovisuales y esperar a que el reloj vaya cambiando unos cromos por otros. Conseguir que cada día sea idéntico al anterior y que las comidas sean siempre puntuales y siempre bajas en sal. Si esa es la vejez que nos espera, a mí no me guarden sitio.

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¿Por qué esta serie?

Por azar, por ganas y por necesidades del guión, me toca entrevistar a un número reducido de personas mayores durante las próximas semanas. De esas conversaciones salen estas reflexiones en voz alta, que no pretenden ser grandes verdades sino esbozos a vuelapluma. Representan una mirada ingenua y personal sobre un colectivo fascinante con el que no tengo costumbre de tratar. Por otra parte, la palabra “viejos” no pretende tener ninguna connotación peyorativa. Es la manera como ellos y ellas se refieren a sí mismos o a otras personas de su misma edad.

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