Los viejos (III): Historias de elefantes

Antes había mucho pájaro. Aquí había unos pájaros canarios, unos pájaros linaceros -que no hay quien vea ni uno-, capirotes, pintos… Ya no hay quien vea ni uno. Los palmeros,que les decíamos los palmeros porque jacían los nidos en las palmas, habían bandos (…). Pero yo le digo a usted una cosa: eso se desapareció tó (J.G.M. – 72 años)

NH53 @ Flickr.com (CC BY 2.0)
NH53 @ Flickr.com (CC BY 2.0)

Uno tiende siempre a idealizar a sus entrevistados. El que te presten su tiempo, su atención y en algunos casos su conocimiento suele ser motivo suficiente como para obviar las cualidades éticas de la persona que tienes delante. Incluso cuando dejan bastante que desear.

De la misma forma, los viejos (y los simplemente no tan jóvenes) tendemos a idealizar nuestra infancia. Así, durante las entrevistas era bastante común escuchar relatos de lugares edénicos. De campos fértiles, rebosantes de biodiversidad. Historias de plantas y animales ya desaparecidos, por el abandono de determinadas tradiciones o prácticas culturales. Para muchos de ellos, el monte está perdido, sepultado de pinos inútiles. Y la agricultura está abandonada a su suerte.

Parte de razón tienen. Aunque no es suyo, Jon Moallem desarrolló hace un par de años el concepto de “puntos de referencia cambiantes” (shifting baselines) en su maravilloso Wild Ones. Aludía así al error de juicio que supone valorar el estado de la naturaleza bajo la estrecha lupa de nuestra vida.

Un ejemplo: cuando yo era pequeño, quedaban unos 600.000 elefantes africanos en estado salvaje. Y ahora hay 700.000. Si yo viviera en Kenia (o incluso viviendo aquí) podría concluir que sigue habiendo muchos elefantes, más incluso de los necesarios. Pero es que hace medio siglo su población era de 4 millones. Y ese era el punto de referencia para la generación de mis abuelos.

Con cada década, la referencia cambia. Pero los elefantes siguen siendo los mismos.

 

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¿Por qué esta serie?

Por azar, por ganas y por necesidades del guión, me toca entrevistar a un número reducido de personas mayores durante las próximas semanas. De esas conversaciones salen estas reflexiones en voz alta, que no pretenden ser grandes verdades sino esbozos a vuelapluma. Representan una mirada ingenua y personal sobre un colectivo fascinante con el que no tengo costumbre de tratar. Por otra parte, la palabra “viejos” no pretende tener ninguna connotación peyorativa. Es la manera como ellos y ellas se refieren a sí mismos o a otras personas de su misma edad.

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