Los viejos (II): Fiori di zucca

Un hermano que me pasaba nueve años… me acuerdo que ratos me llevaba a la pela y ratos caminando. Pa’ acompañarlo pa’ cuidar a las cabras en el alto ese de Tasarte (L.M.P. – 86 años)

mararie @ Flickr.com (CC BY-SA 2.0)
mararie @ Flickr.com (CC BY-SA 2.0)

A fuerza de hablar con los viejos me hago cargo de que su memoria y la nuestra son distintas. A pesar de la edad y los achaques, algunos son capaces de revivir en detalle episodios sucedidos hace siete u ocho décadas. Escenas de su primera infancia, de cuando apenas habían dado sus primeros pasos en este mundo.

Yo, en cambio, ando más bien justito de mnemotecnia. A grandes rasgos, todo lo vivido antes de la adolescencia subsiste en mi cerebro como una nebulosa. Es una masa informe de personajes, escenarios y sensaciones que apenas puedo situar en el espacio y desde luego no puedo situar en el tiempo. ¿Tenía diez años cuando mis abuelos cortaron el ciruelero al que trepaba todas las tardes? ¿ocho? ¿seis? ¿once? Soy incapaz de saberlo y eso que que aquella tala fue uno de los momentos más tristes de mi infancia.

Sin embargo, tampoco creo que la memoria de los viejos sea mejor que la nuestra. No digo eso. Simplemente intuyo que tiene una forma diferente. La suya es más profunda y más estrecha. La nuestra, más superficial y amplia.

Con más o menos dificultades en cada caso, la gran mayoría de nosotros ha tenido acceso a un mayor catálogo de vivencias. Hemos sido bombardeados por los libros, por las redes y por los medios de comunicación. Hemos probado sabores exóticos. Hemos aprendido lenguas extranjeras. Hemos conocido lugares más lejanos y gentes más diversas.

Nuestros mayores, en cambio, se han manejado en entornos más reducidos. Muchos siguen haciendo las mismas tareas que aprendieron a hacer de pequeños. A menudo las repiten en los mismos lugares y rodeados de la misma gente. La rutina ha engrosado y fortalecido sus sinapsis, de forma que cualquier elemento discordante (positivo o negativo, que para el caso da igual) resalta como un pingüino en un garaje. Por eso pueden recuperarlo al instante.

No lamento este cambio de paradigma, por supuesto que no. El haberme criado entre algodones, alejado de la miseria y el hambre. Pero también constato que, cada día que pasa, esa nebulosa se hace todavía más difusa.

Estoy encantado, por ejemplo, de haber podido visitar Italia en varias ocasiones. Sin embargo, a estas alturas soy incapaz de precisar si probé por primera vez las fiori di zucca en Roma, en Cerdeña, en Nápoles o en Florencia.

Estaban espectaculares, de eso sí me acuerdo. Algo es algo.

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¿Por qué esta serie?
Por azar, por ganas y por necesidades del guión, me toca entrevistar a un número reducido de personas mayores durante las próximas semanas. De esas conversaciones salen estas reflexiones en voz alta, que no pretenden ser grandes verdades sino esbozos a vuelapluma. Representan una mirada ingenua y personal sobre un colectivo fascinante con el que no tengo costumbre de tratar. Por otra parte, la palabra “viejos” no pretende tener ninguna connotación peyorativa. Es la manera como ellos y ellas se refieren a sí mismos o a otras personas de su misma edad.

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