Mi mole imprescindible

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Tao, con casi cuatro años.

Muchos de los compañeros de este blog somos firmes convencidos de que muchísimas veces nos entendemos mejor con los perros que con las personas. Forman parte de nuestras familias, les hablamos como si de humanos se tratara, porque nos miran cuando nos dirigimos a ellos, nos escuchan, estoy convencida de ello.

Tao es mi “imprescindible mole de 36 kilos”, como solía llamarlo hace algunos años, aquellos en que su fuerza y vigor hacía casi una misión imposible sacarlo a pasear sin dar la sensación de ir tratando de atajar un tractor. Los años pasan, pero la terrible certeza de que poco tiempo le quedará con nosotros se hace más patente cuando ahora, desbordada con las dos elementas nuevas que hay en mi vida, apenas tengo tiempo para pararme a hablar con él, para saludarlo con cariño, para agarrarle las orejas y poner cierta cara de asco cuando las babas me salpican.

¡Qué injusto! ¡Maldita genética que apenas nos permite disfrutar de ellos difícilmente más de 12-15 años!

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Tao y yo, él con tres meses, yo con unos cuantos más 😉

Aún recuerdo el día en que mi padre y yo fuimos a buscarlo a la casa en la que había nacido tres meses antes. Un cachorro gordito y con la cabeza aún ahuevada, síntoma de que su cráneo no se había desarrollado por completo. Llevo en mi retina esta foto de la derecha, del día que lo vi por primera vez. Entonces se llamaba León, por eso del color de su pelo, supongo.

En marzo cumplirá 10 años y aunque ya no tiene el hocico negro, sino salpicado de trazos blancos, sigue mirándome igual, quizá con menos vigor que antes, pero con la misma mirada profunda que solo destila amor.

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Tao, con nueve años, a la caída de la galleta.

 

El otro día, en uno de esos rallies diarios en los que se ha convertido mi vida, me di cuenta de que llevaba días sin ir a verlo y me sentí mal. Ya no es tan rápido cuando lo llamo y los segundos son oro en mi día a día. Entonces, ya en la puerta, a punto de irme, volví hacia atrás, lo llamé y vino. Le agarré de nuevo las orejas y le prometí que el tiempo que le quede no dejaré de pasar con él los minutos que pueda cada vez que vaya a su casa, la de mis padres.

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Un comentario

  1. Te entiendo porque es así… nos dan tanto sin pedir nada. Tuve a Pira 10 años y su hocico también fue mutando de color y su ánimo siempre fue encantador, tengo la suerte de hoy tener a su hija que ya tiene 8 Olivia y es mi gran compañera. gracias por compartir este post!

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