La soledad de la oveja negra

Se piensa que la oveja negra es feliz por ser diferente, que es muy roquera, que da nombre a bares de copas porque es la más enrollada. Pero nadie habla de la soledad y la frustración que experimenta la oveja negra. Y no porque sus compañeras blancas la ninguneen, porque ella sigue habitando en el rebaño como una más. El dolor de la oveja negra viene, precisamente, de que adora a sus compañeras de blanca lana y, sin embargo, no encuentra la forma de que sean felices como lo es ella. Ha intentado que disfruten de la visión de una colorida mariposa pero las ovejas blancas sólo lloran por el pasto perdido, por las tierras que antes recorrían y que ahora, con el pastor venido a menos, no pueden pisar. Las borregas que tanto quiere trabajan y sufren para seguir al rebaño y se asustan ante el pastor alemán que las reúne. La oveja negra, en cambio, se entretiene con el caminito de las hormigas y se queda atrás y cuando el pastor ladra ella le hace un quiebro y lo invita a jugar. Las blancas la pelean mucho. Le dicen que vive en los cerros de Úbeda, que no tiene las patas en el terreno, que no demuestra ilusión por mejorar, que se conforma con cualquier mariposa. Es entonces cuando la oveja negra se entristece y se siente muy sola y, algunas veces, aunque sean las menos, siente rabia, porque ella sabe que todas serían felices con las pequeñas cosas, pero no hay manera de que las otras la entiendan.

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