#Madresarrepentidas

Va a hacer un año que me incorporé de mi permiso de maternidad a mi puesto de trabajo, una incorporación deseada, en primer lugar, y que me correspondía legalmente, también es cierto. Un año muy duro en cuanto al esfuerzo que nos ha supuesto no solo al padre de las mellis y a mí, sino también a mi círculo más cercano, ese “ejército del salvación” que han constituido los cuatro abuelos sin los que, estoy segurísima, este año habría sido muchísimo más duro, de muchas menos satisfacciones.

Un año que he sentido transcurrir no en 365 días sino en más del doble, en que ese deseo nuestro de ser padres a conciencia y con todas las consecuencias no ha sido suficiente para saber realmente cuán sacrificada nos está resultando esta etapa y cuánta independencia hemos perdido.

La maternidad tiene aspectos positivos, me lo digo todos los días, aunque en este primer año no termine de visualizarlos, pero curiosamente estos Reyes me han traído un libro del que venía oyendo hablar y por el que tenía sincera curiosidad: #MadresArrepentidas, una mirada radical a la maternidad y sus falacias sociales, de la socióloga israelí Orna Donath.madres-arrepentidas

Por esa curiosidad innata que por suerte me acompaña, y aunque conocía la sinopsis del libro, me lancé de golpe a leer su introducción pensando encontrar algunas respuestas a un asunto que me he cuestionado en muchas ocasiones una vez que he sido madre, no antes.

El estudio realizado por Donath se centra en los testimonios de 23 mujeres de edades muy diversas, algunas ya abuelas, que a pesar de amar con locura a sus hijos, no los habrían tenido de haber sabido con anterioridad lo que suponía la maternidad. Decir esto, así, genera mucha incomprensión entre buena parte de una sociedad que desde tiempos inmemoriales le ha asignado a las mujeres el papel de procreadoras como única misión en la vida. Ese rol adjudicado por sistema, independientemente de que la naturaleza nos haya asignado esa posibilidad solo a nosotras -por ahora-, ha minado los deseos de muchas que, como relata la socióloga israelí, fueron madres sin planteárselo siquiera, “porque era lo que se suponía que debían hacer”.

La autora partió en su estudio de dos cuestiones para elegir a las mujeres de su análisis. La primera, “si pudiera volver atrás, con los conocimientos y la experiencia que tiene ahora, ¿sería madre?”; y la segunda, “desde su punto de vista, ¿tiene ventajas la maternidad?”.

Rápidamente me las formulé a mí misma y si bien a la primera pregunta, a pesar de este año de arrastre por las esquinas, agotamiento y malhumor, respondería que sí, a la segunda me asaltan tantas dudas que realmente no sabría dar una respuesta con seguridad. Esto, como la vida misma, cada mujer lo vivirá a su manera, pero sí me cuestiono con frecuencia todo lo que he dejado de hacer y vivir por tenerlas a ellas. Porque verlas crecer y sonreír yo lo entiendo como una satisfacción personal no como una ventaja, al menos así lo percibo en este ejercicio de sinceridad. O, como repreguntaba Donath, “¿las ventajas compensan los inconvenientes?”

Lo cierto es que tras todas las dudas que me está generando la lectura de este interesante análisis sociológico, lo que sí me nace es una certeza: comprender mucho más a quienes no quieren ser madres, respetar esta decisión por encima de todo y pensar que la vida puede ser igual de plena sin hijos (*).

(*) Agradezco a una compañera y madre su puntualización tras la lectura de este post y corrijo: la vida puede ser plena y feliz sin hijos, pero igual que con hijos, no, porque de entrada son vidas completamente diferentes. Ella considera que “el tipo de satisfacción y de sentimientos que es capaz de transmitirte un hijo no es comparable a ninguna otra emoción” y pienso que en buena medida tiene razón. Por ahora solo tengo experiencia de casi año y medio. Ella me pide que espere para calibrar. Lo haré 😉

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2 comentarios

  1. Creo que tiene mucha razón tu amiga la de la puntualización cuando dice que el tipo de satisfacción es diferente. Yo añadiría que además es intermitente, lo que la hace bastante escurridiza. Yo alterno etapas de enamoramiento con otras de instintos infanticidas. No hay término medio. Mi hija acaba de cumplir seis años y es ahora cuando las etapas de enamoramiento van alargándose más y las de infanticidio se reducen a episodios (aunque relativamente frecuentes). No sé cómo será en el futuro. Supongo (espero) que cuando sea adulta será más fácil, cuando pase la temida adolescencia. Pero a la pregunta de si las ventajas compensan los inconvenientes, mi respuesta es un alto y claro NO. Los sacrificios, la adquirida vulnerabilidad, la pérdida de libertad, incluso de salud, el tiempo y la energía que dejas de tener para ti, la pérdida de poder adquisitivo y limitaciones laborales (tus decisiones laborales ya quedan determinadas por la disponibilidad que te deja tu rol de madre) si la pareja no funciona y te acabas separando (posiblemente precisamente porque la llegada del bebé torpedea la relación de pareja sin piedad). Todo eso no compensa la existencia de un ser que, de no haber existido, no lo habrías echado de menos.
    Es parecido al enamoramiento, pero a diferencia del enamoramiento en pareja, es un enamoramiento que no echas de menos si no lo tienes (a no ser que tengas clarísimo que quieres ser madre, claro).
    Si no hubiese sido madre me habría perdido momentos maravillosos de muchísima ternura y un aprendizaje sobre mí y sobre la vida que me han hecho crecer como persona. Pero los inconvenientes son tan demoledores que hacen que esto no sea más que anecdótico.
    También es cierto que la escasez (de tiempo, de libertad) me hace disfrutar y aprovechar mucho más los momentos de tiempo libre que antes.

    • Cecilia, agradezco mucho tu testimonio sincero, que me ayuda a comprender y tener esperanzas en el futuro, o no jajaja. Besos

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