Los canelones de Nenita

Recuerdo las Nochebuenas y días de Navidad de mi vida por un plato del menú: los canelones que hacía mi abuela Nena. Casi como los imprescindibles langostinos de muchas casas en estas fechas, en la mía el plato principal eran los canelones rellenos de carnita tierna, suave bechamel y rico queso fundido por encima. Lo cierto es que mi abuela siempre contaba que fue su suegra, en Lleida, quien a principios de los años 50 le enseñó a hacerlos, un plato muy tradicional en Cataluña en esta época del año.

En el cole, cuando escribíamos la típica redacción de lo que habíamos hecho en las vacaciones de Navidad y nos contábamos los ricos manjares, algunos compañeros me miraban con cara extrañada. “¿Canelones?, eso se come en Italia, ¿no?”. Poca o nula familia italiana tengo yo, mi Pérez lo deja claro de entrada. Es cierto que mi abuela podía representar ese papel de Mamma, la necesaria figura aglutinadora de las familias, pero de ahí a tener influencias italianas…

Mi abuelo se pirraba por los canelones y mi madre recuerda siempre sus Navidades con una bandeja sobre la mesa. Como quienes iban a la Misa del Gallo la noche del 24, estos ricos rollitos de pasta rellenos formaban casi parte de la religión que se profesaba en mi familia. Fue tal la fama, que mi abuela se metía en la cocina esos días y elaboraba bandejas para otros miembros de la familia que cenaban con su gente.

Ya en la adolescencia, esa etapa estúpida pero necesaria para llegar a la juventud, llegué a decir una Nochebuena, como gesto de rebeldía, que si no había otra cosa que cenar, que si había que comer siempre canelones. A veces he pensado que si fuera posible en estas intervenciones de la pubertad verte desde fuera en ese momento con algunos años más, seguramente nos evitaríamos las borderías de esa edad. Y así, creyéndome tan importante por haber hecho tal comentario, los años hicieron su trabajo, por suerte.

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Y ahora que lo pienso, a los últimos canelones que nos comimos ayer y que duraron un suspiro, no les hicimos foto. Esta bandeja me recuerda a las de mi abuela.

Con el tiempo, en casa optamos por comer otros platos también muy ricos. Mi padre hacía campaña por un sabroso pescadito al horno (debilidad de mi abuela, todo sea dicho), mi hermano se emocionaba con el brazo de cangrejo (mi abuela también metía el tenedor) o mi madre se afanaba en un sabroso caldo (fundamental para empezar la cena, que decía mi abuela), de esos que sientan las madres, especialmente el día de Navidad, cuando entonces, resacados de la noche anterior, mi hermano y yo nos arrastrábamos hasta el comedor cuando nos llamaban a la mesa.

Mi abuela murió en 2010 y llevábamos años sin los canelones. Pero la primera Navidad sin ella, cuando mi madre, cinco meses antes, como es habitual en ella, nos preguntó qué nos apetecía cenar en Nochebuena, nos miramos y casi al unísono dijimos “¿canelones?… ¡¡¡sí, canelones!!!”. Y así optamos por hacerle un homenaje a Nenita.

Ya no puedo imaginar unas fiestas navideñas sin este plato porque, entre otras cosas, además de acordarme de ella, ahora me sienta las madres, ya no tanto de resaca, como de falta de sueño.

 

 

 

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