Almidones

nachosmooth @ Flickr.com
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Me cambiaste la manera de cocinar el arroz. Yo lo hacía como mi madre, cocinándolo con un diente de ajo pelado y añadiéndole el doble de agua desde el primer minuto. El golpe maestro era destaparlo al final, para que el calor residual de la vitro lo acabase de secar. Más o menos le tenía cogido el punto.

Cuando entraste en mi vida me cambiaste la técnica. Primero rehogar en aceite, luego darle candela y al hervir bajar el fuego al mínimo. Sin ajo. Sin destapar. Con la misma cantidad de arroz que agua. Confiando en la receta. Confiando en ti.

«Si lo destapas lo jodes», amenazabas. Y tenías razón. Siempre te salía brillante. Untuoso. Con el grano suelto. Inflexible con los minutos, cocinabas con la precisión de un alquimista. Ni las salpicaduras se atrevían a desafiar tu mandil blanco. Y yo era feliz friendo las salchichas.

Después de cuatro años de arroz quemado, en mi cocina ya solo entra el basmati. Es fragante. Delicado. Exótico. El príncipe de los currys y los biryanis, porque resulta que me he vuelto vegetariano. Pero somos un desastre: unos días nos sale crudo y otros se nos pasa.

El azar se llama Delia. El pelo le huele a canela y a cardamomo. No siempre fregamos los platos después de comer.

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