Dani

El primer recuerdo de mi infancia es, creo, de cuando aprendí a montar en bicicleta en la plaza de la Basílica, en Candelaria. Me costó poco aprender, como poco me costó atropellar a los primeros que se pusieron por delante. Una hilera de creyentes que se disponía a visitar a la Virgen se interpuso en mi recto camino (el primer día de aprendizaje no hay otro camino que no sea recto) y opté por embestir. Ahí quizás nacieron mis fricciones con la Iglesia, que aun hoy perduran.

Mi infancia estuvo marcada por la introversión y la timidez. Yo lo que quería era pasar desapercibido, no llamar la atención. Eso es de lo poco que recuerdo, porque en realidad mis recuerdos son destellos. Sé que tenía un gran amigo, Dani, con el que crecí y aprendí hasta que la vida se lo llevó antes de cumplir los 30. Prácticamente nos criamos mano a mano, él siempre un paso por delante, con esa inteligencia natural suya.

Fue una buena generación esa del 83 en el Colegio de Igueste. Solo por Dani y Sheila ya podría justificarse el haber construido ese centro. Si sería buena, que en Octavo de EGB (sí, éramos de la EGB), tanto él como ella no asistían a clases de matemáticas, sino que se dedicaban a llevar las cuentas del viaje de fin de curso. Sheila era, y es, la inteligencia caótica y creativa, explosiva, emocional, bordeando la locura pero con la suficiente cordura para mantener un pie fuera de las farmacias. Dani era igual de brillante pero discreto, el Steve Jobs de Barranco Hondo. Él nació sabiendo y murió explicándoles a los médicos por qué se iba.

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Su capacidad de deducción le llevó a concluir que los Reyes no existían, cosa que tuvo a bien en compartir conmigo. “Pero, ¿cómo lo has sabido?”, le pregunté. “Porque el bajo de la escalera está lleno de juguetes”, dijo. Su razonamiento era impecable, como siempre.

Con él, aparte de ir al colegio, fui a clases de natación y de tenis, vivimos nochebuenas y nocheviejas, reyes, vacaciones y fiestas hasta el amanecer. Fue tan inteligente hasta para dejarme ganar en los deportes. Lo único que le hacía perder se capacidad de raciocinio eran las peleas con su hermano, que lo sacaba de quicio hasta que conseguía que lo castigaran; cuando no lo conseguía yo al reventarle la lavadora a la madre de un balonazo imparable, porque como portero sí que era malo.

En realidad mi infancia se resume en todo lo que hice con Dani. Incluso, ahora caigo, mi primer recuerdo es de él: el primer día de preescolar, esperando en el portal con forma de arco de la clase a que llegara nuestra maestra, Dulce. Ese día nació una amistad que el paso del tiempo diluyó porque la vida es así, te separa hasta de los que más quieres. Y te das cuenta de eso cuando un día te despiertan de la siesta para decirte que Dani se ha ido, que ya se ha acabado todo, su sufrimiento y también nuestra esperanza.

Aquel día que aprendí a montar en bici empecé a intuir que dios no existía.

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