Primero tomaremos Manhattan

Primero tomaremos Manhattan y luego tomaremos Berlín. Nos había llamado a la revolución, a salir a la calle a cambiar el sistema desde dentro. Pero la gente, dicen, se equivocó y levantó el becerro de oro, al arquitecto de muros y fronteras, al rico señor de los grifos dorados, y de las humillaciones, el mono cavernícola que espera que su mujer le ría todas las gracias.

Mientras, miles de personas en el mundo coreaban su nombre, jaleados por la justicia sin justicia, por el dedo acusador, por el a mi qué, y mientras otros montones de miles lloraban desconsolados en sus casas, barruntando un cielo oscuro sobre el Planeta, un paisaje triste en el que ya no seremos héroes sino villanos si no tenemos un revolver en casa, un coche grande y potente, o una nevera Westinghouse y no cenamos hamburguesas de MacDonald.

Supongo que sus últimas horas no quiso ni mirar a la televisión, porque estaría pensando en otra letra para esa nueva canción que tocara la fibra, que sacara a la gente a la calle, a otra Manhattan, a otro Berlín, a París, a Bogotá…

 

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