47 minutos

nubes-naranjas
Como estas son las nubes naranjas que me tropiezo muchos días.

No ha amanecido aún cuando veo a la señora de siempre –de unos 60 años, calculo–, caminar peligrosamente por el arcén de esa carretera. No sé hacia dónde va. Un día tendremos un disgusto, como ya sucedió hace algún tiempo con otro señor que andaba por el mismo tramo a diario. A los responsables de mejorar esta vía parece que una muerte no les parece suficiente. Burocracia, maldita burocracia.

El día parece que quiere romper, aunque las nubes de la borrasca de los últimos días no se lo permiten. Unos metros más y veo el furgón de mantenimiento con los cuatro intermitentes detenido en el arcén. Un operario permanece estático, de pie, por fuera del vehículo, no sé realmente cuál es su función ese día. En el primer desvío me tropiezo con varias personas que entran en el bar de siempre, el primer café se hace urgente.

El camión a 40 km/h justo delante es un clásico de los jueves, no sé por qué no sucede el lunes o el miércoles, siempre el jueves. Gente saludable corre por los arcenes a esta hora, no sé si lo hacen antes de ir al trabajo, igual no tienen trabajo, igual solo quieren mantener la mente sana.

Por detrás de la montaña asoman unas pequeñas nubes reflejadas por el sol que aún no se atreve a hacerse visible. Son naranjas, y empujan a las grises que hacen presión para que el nuevo día no se ilumine. Pasa el micro escolar y recoge a siete niños, sus madres los despiden dándoles besos volados, solo un padre comparte esa fórmula.

Cojo el atajo de siempre, el que me ahorra algunos minutos de cola. Hoy tres coches más deciden adelantárseme, y vuelve a asaltarme la incertidumbre de si esa guagua que me ha bloqueado en alguna ocasión da al traste también con mi deseo de llegar antes. Sigo sin entender cómo le permiten transitar por ese tramo.

Varios trabajadores cruzan el puente aun cuando el día sigue oscuro, gris, alguno parece incluso que lleva una linterna, otros se iluminan por la luz de los focos de los coches. Las nubes siguen siendo naranjas y grises, la diferencia se acentúa a medida que arranca por fin el día.

Entonces es cuando cojo la tediosa autopista, hoy parece que no seré parte de las colas diarias, la manera más tonta de perder el tiempo. Avanzo de forma rápida pero finalmente llego al primer tapón, pensé que escaparía, no he tenido esa suerte. En la radio, la tertulia de siempre, las noticias de siempre, la música de siempre… no pinta que vaya a tener un día diferente. A veces, en la monotonía y la rutina diaria, me imagino que en mi entorno sucede algo excepcional, un hecho que nos mantiene entre sorprendidos y emocionados, algo magnífico, que para desgracias ya el cupo está lleno. Entonces nos bajamos de los coches, parados en la cola de siempre, nos abrazamos, nos alegramos de eso que ha sucedido. No nos conocemos pero compartimos esa maravilla. No sé qué es, pero la imagino.

Entro en la ciudad y tengo frente a mí no menos de ocho semáforos, por supuesto nunca coordinados para mí, así que paro ocho veces, además de en los correspondientes pasos de peatones. Creo que en una ocasión tardé más en atravesarlos todos que en llegar hasta el primero desde mi punto de partida. En ese tiempo de espera soy capaz de quitarme la cara de sueño con una leve mano de chapa y pintura, de revisar los últimos chistes de los grupos de whatsapp -todavía espero la gran carcajada-, de revisar en mi agenda lo primero del día, de fijarme en la señora que cruza al perrito o de pensar si el chico de los auriculares escucha hip hop o música clásica.

Finalmente han pasado más de 40 minutos, mi media semanal está en 47, y entro en mi trabajo. ¡La de cosas que podría haber hecho en ese tiempo!

-¿Qué tal el finde? ¿Cómo estás? Tienes cara de cansada.

-Muy bien, el finde estupendo, lo pasamos genial, pero yo estoy ya para acostarme.

PD: le prometí a una buena amiga que no me quejaría más de cansancio o falta de sueño. He incumplido mi palabra. Lo siento, amiga, necesitaba algo de drama para acabar este post.

 

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