Canas

Kev Hickey @ Flickr.com (CC BY 2.0)
Kev Hickey @ Flickr.com (CC BY 2.0)

En el Hospital General de La Palma trabaja un tipo heroico que no receta antibióticos, ni adapta prótesis, ni salva vidas. Que no es neurocirujano, ni pediatra, ni oncólogo, sino un señor que vende zurrones y que ha hecho del vestíbulo su escaparate particular.

Don José Ayut, que así se llama, trabaja las pieles de los cabritos con sal y paciencia, hasta desnudarlas de carne y de pelo. El resultado final es una bolsa nívea, de apariencia aséptica, a la que solo delatan dos detalles macabros: las siluetas colgantes de las patas y la botana que cierra el orificio del cuello.

Se nota que tiene el lugar bien estudiado. Ata media docena de pellejos a una vara y se sienta a esperar, se diría que pescando, junto al atareado pasillo de las especialidades médicas. Tarde o temprano alguno pica y pregunta, aunque rara vez los billetes cambian de manos.

Don José aprendió el oficio tarde y por su cuenta. No le viene de una larga tradición familiar y si acaso es el último de los que queda en la isla no es por vocación sino por longevidad (tiene 87 años).

Pero qué quieren que les diga. Entre aquel trajín de estetoscopios y batas blancas. Entre aquel desfile de sillas de ruedas con miradas perdidas y cabezas colgantes. En aquel tremendo aquelarre de penas y angustias, Don José es un alienígena delicioso. Un Quijote inmune al contexto y a las formas, que juega la única carta que le queda para redondear la pensión.

Eso, y no dejarse las canas al aire, es envejecer con dignidad.

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