25 años

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Después de divorciarse de mi padre, mi madre empezó a comerse, beberse, patearse y bailarse la vida. Aunque resulte duro decirlo, todavía hay mujeres para las que la viudedad acaba siendo una bendición, pero mi madre ni supo ni quiso esperar. El hecho es que mi padre sólo duro cinco años desde que se separó de mi madre, así que ella se autodenomina viuda, seguramente porque no tiene esa connotación de fracaso vital que le damos al fin no amistoso de una relación amorosa. Algún día les contaré lo difícil que resulta divorciarse cuando lo has intentado todo y, además, ya no cumples ni los 40 ni los 50, pero hoy tocan cosas más alegres.

Les decía que mi madre es, como decimos en Bilbao, un poco rochera. Vamos, que donde se fragua un plan divertido y sano… allí está ella. No siempre fue así. Cuando yo era adolescente la recuerdo en casa, más bien depresiva y con el peso del mundo sobre sus hombros. Sin embargo, alguien la animó a salir y apuntarse a un Centro de Promoción de la Mujer. Mi sobrina que ahora mismo tiene 25 años no tiene ni idea de qué es eso porque hace unos años se decidió ir cerrándolos.

Al parecer hoy en día las mujeres adultas tenemos otras formas de promocionarnos. Ya no cumplen su función, dicen las instituciones públicas y privadas que los sustentan. ¿Y cuál es, o mejor dicho, era su función? No sabría decirlo en lenguaje fino y administrativo, pero sí puedo contar lo que hizo con y por mi madre. Le permitió recuperar la autoestima, verse como una mujer aparte de esposa y madre, estudiar y sacarse el graduado escolar, aprender algo de inglés (reconozcamos que no era tu fuerte, ama), hacer amistades con otras mujeres, abrirse a los demás, prepararse poco a poco para la que seguramente fue la decisión más importante de su vida y…decir basta.

Muchos hombres, incluido mi padre, vieron estos centros como una amenaza a su mal entendida estabilidad familiar. Estaban tan equivocados y eran tan necesarios que yo, aunque nunca los pisé, les guardo un cariño muy especial. Creo que pocos servicios han hecho tanto por las mujeres en Bilbao.

Esta semana mi madre ha ido a celebrar los 25 años de su entrada en el Centro de Promoción de la Mujer de Zorroza. Han hecho una gran comida, de esas que nos gustan tanto a los vascos, con las profesoras que entonces tuvieron el gran y difícil papel de enseñar a toda una generación que cultivarse, salir, tener criterio y tomar decisiones no sólo no era malo, sino deseable. Como no tengo permiso de ellas, no puedo enseñarles la foto de todo el grupo, pero tengo que reconocer que cuando la recibí hace unos días me emocioné. Allá estaban todas, mi madre y las amigas a las que he ido conociendo en todos estos años. Mayores pero sonrientes. Supongo que ellas dirán lo mismo de mi.

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