Los ruidos de la mañana

Cambié de aires en mis mañanas y, primero, noté un cambio de ruidos. Del tibio rumor blanco de ordenadores y timbrazos de teléfonos sin descanso, a una quietud rota a veces por las voces ajadas de un pescadero, por la pita de vendedores de ropa, por la moto de un cartero que transita por las aceras y da cuenta de los buzones sin apearse, por viandantes que a su paso levantan olas de ladridos de perros sucesivos que, tal que se acercan, se alejan.

Del bullicio de frenéticas conversaciones interrumpidas, al murmullo parsimonioso de diálogos deslavazados que surgen entre dos que se encuentran y se saludan, y con la misma parsimonia dícense adiós.

E igual que el viento lima impasible las aristas de las piedras, los ruidos de la mañana pulen sin pretenderlo la perspectiva de lo que ves, de lo que alegra y de lo que duele, de lo que importa.

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